El Viaje de Libertad
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 Yo Estuve en Venus

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Salomon56
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MensajeTema: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:20 pm

Yo Estuve en Venus


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Salvador Villanueva Medina





Nosotros conocemos aquí en México, D.F., a un hombre
que estuvo en el Planeta Venus. Nos cabe el alto honor de haberlo
visitado. Una noche cualquiera de invierno llegamos a las puertas de su
casa. Tuvimos la suerte de ser recibidos por él. La familia estaba
viendo la televisión, pero en forma muy amable apagaron la televisión y
nos dejaron a solas con él en su sala. Es un hombre muy sincero y
bondadoso; no es ocultista ni espiritualista ni nada por el estilo; no
presume de sabio; y a pesar de haber vivido la más extraordinaria
aventura cósmica, realmente no tiene nada de orgullo. No nos proponemos
en este simple folleto narrar en detalle lo que sucedió a este hombre;
sólo queremos hablar en síntesis y eso es todo. En el mes de agosto del
año de 1953, este hombre estuvo personalmente en el Planeta Venus. Su
nombre es SALVADOR VILLANUEVA MEDINA. (Samael Aun Weor Naves Cósmicas)
Del original:

HABLEMOS DE VENUS

Salvador Villanueva Medina

Tercera edición

Colombia 1973

PROLOGO


Conozco muy bien a Salvador Villanueva Medina,
autor del presente libro. Es amigo. En nombre (de la verdad debo decir
con cierto énfasis que este es un hombre totalmente práctico; nada
tiene de fantástico; nunca lo hemos visto en ensoñaciones de ninguna
clase.

En el pasado se ganó la vida como chofer y
ahora lo hemos visto dedicado a eso que se llama mecánica de
automóviles. Es si, un hombre ejemplar, fuera de toda duda. Magnífico
esposo, padre honorable de familia, buen amigo, etc.

El presente libro no le ha dado más que
amarguras. Su obra se ha reproducido en muchos idiomas, se conoce en
países como Alemania, Japón, Estados Unidos, etc. etc. etc.

Salvador Villanueva Medina no ha ganado un
centavo con este libro; empero se venden por doquiera millones de
ejemplares y eso de por sí es asombroso. Salvador ha renunciado a sus
derechos de autor por amor a la humanidad doliente.

Este hombre cuenta sencillamente lo que le
sucedió y eso es todo. Considera como un deber narrar a sus semejantes
lo que le acaeció y nada más; no anda buscando dinero; dice la verdad y
nada más que la verdad.

Algunos psiquiatras examinaron a Salvador,
llegando después de muchos análisis a la conclusión lógica de que este
autor es un hombre inteligente, cabal, equilibrado.

Así como a él le sucedió algo notable cual fue
el haber sido llevado al planeta Venus, a cualquier otra persona le
hubiera podido suceder lo mismo. Salvador se limita a relatar el hecho y
eso es todo.

La casa Phillips examinó muestras de tierra y
plantas extraídas del lugar donde el mencionado autor encontrara la
nave que le condujera a Venus; llegaron los científicos a descubrir un
extraño desorden atómico y molecular en dichas muestras.

La nave dejó huellas que los científicos
fotografiaron debidamente: Así pues el hecho o hechos narrados por
Salvador tiene pruebas irrefutables; bases formidables.

EL MOVIMIENTO GNÓSTICO CRISTIANO UNIVERSAL está
de plácemes con este gran evento cósmico cuyo personaje central fuera
Salvador Villanueva Medina, hombre sincero y honrado.

Siempre hemos dicho que la tierra no es el
único mundo habitado y esto ha quedado totalmente demostrado con el
caso vivido por Salvador. Varios terrícolas han sido llevados a otros
mundos como lo pudo evidenciar Salvador al encontrar en Venus a dos
Franceses que de ninguna manera desean volver a la tierra.

Antes de el cataclismo final que se avecina,
serán sacados de este mundo en que vivimos los elementos más dignos; la
flor y nata de nuestra gente terrestre.

Si Ud. querido lector quiere ser uno de esos
elegidos, uno de esos pocos que puedan ser llevados a otros mundos del
espacio infinito, antes de la hora postrera, escríbanos, estudie
nuestros libros, ingrese al MOVIMIENTO GNÓSTICO Internacional.

PAZ INVERENCIAL.

SAMAEL AUN WEOR


PARA QUE TODOS SEPAN...

La experiencia vivida por Don Salvador Villanueva Medina en
1953 ha dado origen a este libro, el cual ha sido traducido ya a 6
idiomas; tan solo en Alemania se han vendido 80 mil ejemplares; el
propio Don Salvador Villanueva Medina, ha renunciado a todos los
derechos literarios para demostrar así que la magnitud de esta
experiencia no fue para que él lucrara.

A MANERA DE PROLOGO


El mes de agosto ha resultado para mí significativo, pues fue
en él cuando vi la luz primera, aunque de ello a la fecha ha
transcurrido cerca de medio siglo.

Fue también en un mes de agosto cuando tuve el privilegio
mayor que un individuo pudiera desear. En ambos casos la aventura ha
sido sin mi conocimiento.

La primera puede acreditarse con mi nacimiento; la segunda
resulta difícil de probar porque ni siquiera había testigos; pero ha
salido esta última más rica en incidentes que la primera.

De éstos, el que más hondas raíces echó en mi ánimo, se lo
debo a un chofer. Fue él la primera persona que se puso a mi alcance
cuando terminaba esta fantástica aventura. Se me hizo fácil desbordar
mi optimismo sin imaginar siquiera sus consecuencias que me situaban en
el límite de lo sublime y lo ridículo.

Pero traté de aprovechar mi experiencia. De ahí en adelante,
anduve con mayor cuidado, aunque a decir verdad a esta táctica tampoco
pude sacarle gran provecho.

Confieso que, después del primer descalabro, con suma
facilidad hubiera encerrado dentro de mi ser la gloriosa experiencia,
aunque a las personas que la propiciaron les había prometido hacerla
pública. Durante año y medio hice caso omiso de esta promesa y me
apoyaba, para hacerme fuerte, en que mi preparación intelectual era
nula. Estas gentes insistieron asegurándome que se valdrían de algún
medio para ayudarme en el trascendental cometido.

No me pareció raro ver en las primeras planas de los
periódicos noticias acerca de personas que habían tenido experiencias
similares a la mía, aunque de menor magnitud.

De nuevo empezó a bullir dentro de mi la curiosidad por saber
si me creerían. Me proponía contárselo todo a un intelectual y creo que
estuve atinado en la elección.

Por aquellos días un periodista que bajo el seudónimo de M. Ge
Be escribía una serie de artículos sobre el tema llamó ni atención.
Por la seriedad con que actuaba, decidí interesarlo mandándole una
parte del relato, pues no podía desterrar de mí la incertidumbre que
provocara el amigo chofer y por lo tanto juzgo que de nuevo cometí un
error, no contándole a este hombre la experiencia con lujo de detalles.

Porque ahora era él quien tomaba con recelo mis palabras y,
aunque me dio oportunidad de justificarme, creo que no la supe
aprovechar, ahondando más la desconfianza.

Por esos días estaba en México de vacaciones un matrimonio
norteamericano, que había tenido oportunidad de ver una nave espacial a
poca altura y les entusiasmó tanto que decidieron documentarse
debidamente y dictar algunas conferencias.

En México se pusieron en contacto con el señor M. Ge Be,
quien tuvo la gentileza de invitarme a la primera conferencia dictada
por ellos en la capital.

Concurrieron a ésta unas trescientas entusiastas personas, la mayoría documentadas y algunas con experiencias personales.

También los periodistas hicieron acto de presencia, por lo que
resultó interesante el nuevo incidente que iba a aumentar mi acervo
personal.

En compañía de mi hijo mayor, ocupamos un rincón del salón,
dejando que transcurriera el acto. Los ánimos se caldearon. Varias
personas subieron al estrado a relatar su experiencia, aumentando el
interés de los concurrentes.

De repente, la persona que dictaba la conferencia, en un
recurso de oratoria, pregunté si alguno de los presentes había
establecido contacto con los tripulantes de las naves espaciales.

La pregunta hizo un efecto fulminante en mí que, sin saber con
certeza el alcance de mi repentina decisión y sintiendo que una fuerza
extraordinaria me obligaba a ello, levanté la mano, siendo invitado al
estrado ante la expectativa general.

Solo había caminado unos pasos, cuando ya estaba arrepentido;
pero seguí adelante. Afortunadamente me trataron con cortesía, y hasta
hubo un gran escritor, don Francisco Struk, allí presente, que salió en
mi defensa, dando crédito a mis palabras, en lo que se calmó la
efervescencia que había provocado.

Los norteamericanos se interesaron en la investigación de mi
relato y, en combinación con el señor M. Ge Be, me invitaron a que
les enseñara el lugar en que vi y abordé la nave.

En esta ocasión nos acompañó un ingeniero militar, profesor de
matemáticas de nacionalidad norteamericana, y Salvador Gutiérrez,
joven experimentado fotógrafo de prensa. La excursión fue un éxito.

El ingeniero guiado por mí, hizo cálculos y no tardamos en
localizar el sitio exacto, comprobando las dimensiones del aparato.
Esto me hizo recobrar la confianza que me había hecho perder el amigo
chofer, y adquirí un nuevo conocimiento: que las naves aludidas dejan
donde aterrizan, siempre en despoblado, una huella.

En el caso que nos ocupa, como aterrizó en un lugar cubierto
de vegetación que alcanzaba gran altura, ésta fue quemada en forma
rara, para nosotros desconocida y así estaba año y medio después.

Trajimos muestras de tierra, de dentro y fuera de la huella,
que fue analizada en los laboratorios Phillips, y se pudo comprobar que
en ambas muestras había una diferencia molecular muy marcada. Poco
después vino de California, E. U. , el señor Jorge Adamski. Dictó
también una conferencia sobre el tema en el teatro Insurgentes, y
aseguró que había tenido numerosos contactos con los tripulantes de las
naves.

Le fui presentado en casa del señor M. Ge. Be. y me limité a contestar sus preguntas; pero sin extenderme.

Tenía entonces la firme convicción de que ninguna de las
personas que había conocido, gozaran de mayor experiencia que yo, y me
parecía que sólo buscaban para su provecho personal mis confesiones.

También pasó por esta capital el escritor inglés Mr. Desmond
Leslie y tuve oportunidad de conocerlo y acompañarlo durante día y
medio, gracias al interés del acucioso investigador y periodista señor
M. Ge. Be. que no se daba punto de reposo para aprovechar cuanta
oportunidad se le presentaba para investigar mis experiencias.

Debo aclarar, como ya dije antes, que tampoco al periodista le
había contado la experiencia completa. Como a las demás personas, me
limité a relatarle solo una parte, ya que el resto lo juzgaba
inverosímil. Temía que me ridiculizaran, pues entonces ya creía justo
que nadie creyera lo que no había visto con sus propios ojos.

Sin embargo, seguía haciendo estragos en mi mente la promesa que les había hecho a los tripulantes de la nave espacial.

Y éste es el motivo por el que decidí escribir mi relato con
amplitud y sin las limitaciones que impone el periodismo. Espero que
perdonen mi osadía.

Para las personas versadas en telepatía, relato al final de
este trabajo algo que he tenido el martirio de captar sin poder
descifrar enteramente; pero que juzgo como un apremio cumplir mi
palabra empeñada.


http://www.samaelgnosis.net/libro/html/venus/index.htm
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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:22 pm

CAPITULO 1


Corría la segunda decena del mes de agosto de 1953 ...
Cubriendo un turno en un carro de alquiler, serví a unos
norteamericanos, hombre y mujer, que me pidieron que les recomendara a
un chofer que les ayudara a manejar un coche a los Estados Unidos, por
la carretera de Laredo. Contra mi costumbre, me interesó el trabajo y
me puse a su servicio, saliendo dos días después. El auto era un
magnífico Buick modelo 52 que avanzaba con facilidad. A la pareja le
urgía llegar y nos turnábamos manejando el vehículo.

Llevábamos recorridos menos de 500 kilómetros, 484 para ser
exactos, cuando se produjo un ruido en la transmisión del coche.
Paramos, temerosos de causar un desperfecto grave.

Mis acompañantes decidieron regresar en busca de una grúa, ya
que en plena carretera y sin herramientas resultaba imposible hacer
alguna reparación.

Cuando mis improvisados patrones se alejaron, saqué el gato
de defensa con objeto de investigar de dónde provenía el ruido. Lo
coloqué, levantando una rueda; eche a andar el motor conectado a la
transmisión y me deslicé por debajo, para oír con mayor claridad.

Estando en esa posición oí que alguien se acercaba, pues se
escuchaban pasos en la arenilla que se acumula en la orilla de la
carretera. Alarmado, ya que cuando mis improvisados patrones se fueron y
me metí debajo del coche no había visto a nadie cerca y el lugar es
despoblado, traté de salir lo más rápidamente posible.

No acababa de hacerlo cuando oí una voz extraña que en
perfecto español me preguntaba qué le pasaba al coche. No contesté,
sino que acabé de salir, quedando sentado y recargado en la carrocería.

Tenia frente a mí, como a metro y medio, a un hombre
extrañamente vestido, de pequeña estatura. No media arriba de un 1 metro
2 o cms. Se cubría con un uniforme hecho de material parecido a la
pana ó a un tejido de lana.

No tenía más parte visible que la cabeza y la cara, cuyo
color resultaba sorprendentemente parecido al marfil. Su pelo,
platinado y ligeramente ondulado, le caía un poco más abajo de los
hombros y por detrás de las orejas.

Estas, las cejas, la nariz y la boca formaban un conjunto
maravilloso, que completaban un par de ojos verde brillante que
recordaban los de una fiera. Llevaba un cinturón grueso redondeado en
sus bordes, lleno de pequeñísimas perforaciones y sin unión aparente.

Tenía un casco parecido a los que se usan para jugar foot ball americano, un poco deformado en la parte trasera.

A la altura de la nuca, en dicho casco, había un abultamiento
del tamaño de una cajetilla de cigarros cubierta a su vez de
perforaciones desvanecidas en sus bordes.

A la altura de las orejas, se veían dos agujeros redondos
como de un centímetro, de los que salían gran cantidad de alambritos
delgados y temblorosos, que aplanados sobre el dorso del casco formaban
una circunferencia como de tres pulgadas y media.

Estos alambritos y la protuberancia eran de color azul, igual
que el cinturón y una cinta al parecer metálica en que remataba el
cuello del uniforme.

Este y el resto del casco eran de color gris opaco.

El hombre se llevó la mano derecha a la boca para preguntarme si no hablaba.

Me resultó alucinante el sonido sonoro musical de su voz,
salido de una boca perfecta que enmarcaba dos hileras de pequeños y
blanquísimos dientecillos.

Haciendo un esfuerzo me levanté, dándome un poco de valor al notar mi superioridad física.

El individuo me animaba esbozando una sonrisa llena de
dulzura; pero yo no salía aun de la rara impresión que me produjo la
súbita aparición de aquel tipo tan singular.

Como no me sintiera obligado a contestar, le pregunté a mi vez si era aviador.

Haciendo derroche de amabilidad me contestó que si lo era,
que su avión, como nosotros le llamábamos, estaba a poca distancia.

Reconfortado con su contestación, se me ocurrió invitarlo a subir al coche.

Hacía un airecillo frío, bastante desagradable, que aumentaba de cuando en cuando, al pasar algún vehículo a gran velocidad.

La oscuridad nos empezaba a cubrir y el hombre, en vez de
aceptar o de agradecer la invitación, procedió a acomodarse el casco
cuidadosamente, dejándose oír un ruido muy parecido al que produce un
automóvil en marcha a gran velocidad.

En las perforaciones del cinturón comenzó a prender y a apagar con profusión diversas luces, que aumentaban de intensidad.

El hombre alzó el brazo derecho como despidiéndose, se acercó
a un montículo de tierra, lo alcanzó con agilidad y saltó al bosque
que bordea la carretera.

Pasado un momento me subí al mismo y trate de buscarlo,
localizando a cierta distancia la franja luminosa de su cinturón que
semejaba un grupo numeroso de luciérnagas.

Allí estuve hasta perderlo en la oscuridad del bosque.

Regresé al coche, quité el gato, y por consejo de unos
motociclistas vigilantes de caminos que pasaban, lo saqué del asfalto,
acercándolo al borde en que estaba parado.

Me acurruqué en el asiento, cavilando sobre aquel extraño ser
y pensé que quizá fuera en verdad algún aviador que había sufrido un
accidente o percance y tuviera el avión destrozado en el bosque. Por
fin me quedé dormido.

Debió haber pasado bastante tiempo, pues estaba profundamente
dormido cuando fuertes golpes dados en el vidrio de la puerta
delantera derecha me despertaron.

Como a primera vista descubrí a dos personas fuera del coche. Imaginé que fueran los dueños del mismo que regresaban.

Sin pensarlo, abrí la puerta, y mi sorpresa fue mayúscula al
encontrar que era mi “conocido”, ahora en compañía de otro individuo
con su mismo aspecto y forrado de igual manera.

Sin darme cuenta, los invité a subir, cosa que aceptaron de inmediato.

Fue así cuando, por primera vez, sentí la extraña sensación de que aquellos seres eran algo superior a mí.

Como si fuera una premeditada advertencia, al estirar el
brazo derecho sobre ellos tratando de ayudarlos a cerrar la portezuela,
sentí un dolor agudo como el que produce un golpe repentino dado en un
codo, seguido de un entumecimiento que me paralizó momentáneamente el
brazo.

Fue tan fuerte la impresión que, instintivamente, me apreté hacia el lado izquierdo, poniendo espacio por medio.

Un momento después se dejó sentir un calorcillo emanado de
sus cuerpos ó de sus uniformes, que por cierto resultaba agradable, ya
que en esa época la temperatura en la región es fresca.

Sin presentaciones de ninguna especie, el que antes me había
visitado, que quedaba en el centro, me preguntó si había logrado
arreglar el coche.

Le contesté que no llevaba herramientas suficientes para
intentar una reparación en forma y por lo tanto no tenía más remedio
que esperar a mis acompañantes que habían ido en busca de auxilio.

Siguió un momento de expectación, y me di cuenta que trataban de observarme con cierto entusiasmo.

Prendí las luces interiores del coche y, solo por preguntar
algo, les dije si eran europeos. Lo perfecto de sus facciones me
hacían comprender que no pertenecían a una raza al alcance de mis
conocimientos.

Sonriendo ligeramente me dijo el que estaba en medio, que era
el que llevaba la conversación, que eran de un lugar mucho más
distante de lo que yo conocía o pudiera imaginar.

Eso del lugar me producía cierta sensación extraña; pero no
se me ocurría pensar en otros planetas, sino en otros países. Nuestro
lugar, dijo, está mucho más habitado que éste.

Es difícil encontrar mucho espacio entre gente y gente. Luego el hombre se soltó a hablar tanto que yo quedé perplejo.

Hacían contraste, éste con su locuacidad y su acompañante con su mutismo.

El segundo, que resultaba mas lleno de cara y más robusto en
general, solo hacía pequeños movimientos de cabeza, dejando algunas
veces al descubierto sus pequeños dientes, que se destacaban por su
blancura, pero sin pronunciar palabra.

El bajito siguió diciendo que a su lugar se le podía llamar
una ciudad continua, que lo cubría todo, pues sus calles se prolongaban
sin fin, que éstas nunca se cruzaban al mismo nivel, que había tal
cantidad de vehículos y era tanta su diversidad que fácilmente me
quedaría asombrado.

Aseguró que dichos vehículos no usaban combustibles
minerales, ni vegetales, pues los gases de esta clase de combustibles
resultan dañino a los organismos.

También manifestó que la fuerza de propulsión se la
proporcionaba lo mismo el calor central de su planeta, que el sol, ya
que eran fuentes inagotables de energía.

Siguió diciendo que, a lo largo de sus banquetas, corrían
bandas sin fin que ahorraban esfuerzos a los transeúntes y que la gente
jamás ocupaba el arroyo de la calle, pues éste era metálico y
conductor de la fuerza con que se impulsaban sus numerosos vehículos.

Estos son totalmente diferentes a los que ustedes usan.

Verás que con el material y el espacio que ustedes emplean
para transportar seis pasajeros, nosotros llevamos veinticinco, en
algunos casos hasta cincuenta y eso solo en el primer piso.

Lo dijo recorriendo con la vista el interior del espacioso automóvil que ocupábamos.

Pero los tenemos hasta de diez pisos.

Todo esto me estaba amoscando, ya que no sabia de ningún país
en nuestro mundo que no usara en parte de sus vehículos alguna clase
de combustible.

Podía ser que los hubiera demasiado poblados, pero hasta ahí llegaba la cosa en cuanto a sus ciudades.

Tampoco sabía que las hubiera mecanizadas hasta ese grado.
Aquellos hombres me estaban pareciendo un par de bromistas. Pregunté
cómo hacían para producir legumbres, ya que estaban tan poblados.

La pregunta la hice en broma; pero él tranquilamente me
contestó: Que hacía mucho tiempo cultivaron legumbres en mucho mayor
número de las que nosotros conocemos.

Lo hicieron en perforaciones, empleando las paredes para ese fin, por lo que resultaban hortalizas interiores e subterráneas.

Algo de esto me pareció lógico. Otras cosas decididamente no.
Ahora, tratando de orientarme, pregunté si tenían mar cerca. Me
contestó, como sin darle importancia a la pregunta, que solo tenían uno,
pero que era tres veces más profundo que el nuestro.

La cosa me pareció burlesca, y le reproché su proceder. Los
dos individuos explotaron en una sonora carcajada que me acabó de
amoscar; pero llegué a pensar que posiblemente mi ignorancia era mayor
de lo que imaginaba, y si he de decir verdad no me sentí ofendido.

Ante mi impasibilidad, el hombre me espetó: -- Espero que comprendas que te estamos hablando de otro planeta.

-- ¿De otro planeta? --pregunté entre indignado y asombrado.

-- Sí, hombre, otro mundo como ustedes llaman a este en que vives.

¿Creo que sabes que los hay? -- Claro que sí lo sé -- me apresuré a contestar, pues la pregunta me pareció ofensiva.

-- ¡Hágame el favor! ¿Cómo no voy a saber que existen otros
planetas? Y terminé, para demostrar mis conocimientos en astronomía
aseverando que, según nuestros sabios, ningún otro planeta fuera del
nuestro puede tener habitantes racionales.

-- ¿Qué les hace pensar tal cosa? -- me pregunta ¿Acaso los
deficientes medios de que disponen para hacer sus cálculos? ¿No les
parece demasiada pretensión creer que son los únicos seres que pueblan
el universo? Aquello estaba tomando un cariz más serio de lo que yo
había pensado.

De repente me volví a dar cuenta del dolor que todavía sentía
en mi brazo y también de la rareza de aquellos tipos con sus uniformes
y cinturones, con los cascos, lo raro del color de su piel, el de sus
expresivos ojos y su extraña voz, a cuyo sonido no podía encontrarle
parecido.

Para mi pobre intelecto, aquellas eran demasiadas pruebas.

Decidí seguir resistiendo y les dije que todo me parecía increíble.

-- Cierto, -- me contestó --.

Resulta increíble para la mentalidad de ustedes; pero, dime, ¿por qué resulta increíble?



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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:23 pm

CAPITULO 2


La pregunta fue tan imprevista que me confundió.

Al azar le contesté que creía saber, por los cálculos de
nuestros astrónomos y matemáticos, que algunos planetas de los que
forman nuestro sistema solar son demasiado fríos y otros demasiado
calientes.

-- Pues, bien.

Te voy a poner un ejemplo sencillo: ustedes tienen lugares
extremadamente fríos y sin embargo viven en ellos gentes que, sin
artificios ni ayudas mecánicas de ninguna naturaleza, logran subsistir,
valiéndose tan solo de sus propios medios.

Ahora imagínate a esos mismos individuos dotados con los
elementos necesarios, útiles para formar el clima o el ambiente que
necesiten.

¿Qué les puede importar la distancia a la que estén del sol,
si éste les da los medios necesarios para protegerse y, además,
convertir lo perjudicial en beneficioso? Ahora, otro pequeño ejemplo.

Seguí escuchándolo.

-- Te habrás dado cuenta de que un individuo, valiéndose tan
solo de un pequeño tanque en el que almacena lo que necesita para
respirar, puede estar fuera de su medio, sin peligro de su estructura
orgánica.

El ejemplo iluminó mi cerebro y, sin perder tiempo, le
pregunté: -- ¿Ustedes deben respirar algo distinto a lo que nuestro
organismo está acostumbrado? -- Claro, me contestó, satisfecho.

-- Pero yo no veo nada adicional.

-- No ves nada porque, según tu mentalidad, debe ser
adicional; pero toca aquí. Me lo dijo invitándome a tocarle lo que
debía ser estómago y allí se sentía una consistencia semidura, diferente
a cómo lo tenernos nosotros.

Acto seguido completó la explicación: -- Nosotros llevamos aquí lo que nos da vida.

Inyecta directamente los pulmones.

-- Esto sí que es maravilloso - exclamé con entusiasmo.

Pero . ¡qué diablo!, me seguían asaltando las dudas.

El lo advirtió, por lo que me dijo que preguntara lo que quisiera, que él me contestaría.

Para principiar le dije que si venían de otro mundo, ¿qué
clase de vehículo usaban? Me contestó que ya me había dicho que su nave
estaba a poca distancia y que pronto iba a tener oportunidad de
conocerla, si así lo deseaba.

Revoloteaba en mi mente una pregunta, pero no encontraba la forma de hacerla sin ofenderlo.

Se me ocurrió que, siendo los adultos tan pequeños, cómo serían los niños.

Y ante mi asombro, como si estuvieran leyendo en mi mente,
contestó a mi pensamiento de la siguiente manera: -- Te voy a explicar
lo que quieres saber, o sea, lo relacionado con los niños.

En nuestro mundo no vemos a los niños en las calles.

Desde que nacen, quedan bajo el patrocinio de lo que podemos
llamar gobierno, y éste se encarga de su control hasta que alcanzan la
edad adecuada.

Entonces se los clasifica de acuerdo con sus cualidades
físicas y mentales y se les asigna determinado lugar, donde hacen
falta.

Generalmente se lleva a cabo esta operación por parejas,
hombre y mujer y se me ocurrió preguntarle cómo hacían para aclimatar a
un individuo de una zona fría a una caliente, o viceversa.

-- Como verás este problema no lo tenemos.

Por la sencilla razón de que todo nuestro mundo goza de un
solo clima uniforme y éste no es natural, sino artificial, creado por
nosotros mismos.

Comprenderás ahora que gozamos de un solo clima, benigno, sin tener como ustedes regiones extremas.

Por lo demás nuestra población no nos permitiría ese lujo.

Aquello, para mí, ya iba en vías de un total convencimiento.

Todo me parecía favorable a lo que él aseguraba y ya me empezaba a parecer lógico.

De nuevo mi mente dio cabida a otra pregunta.

Estaba relacionada con su único mar, y no acababa de formarla
cuando él cortó el pensamiento: -- Ya te dije que tenemos un mar y
éste contiene tanto líquido como todos los vuestros juntos.

De él sacamos todos los materiales, los que usamos para
construir nuestros edificios, para confeccionar nuestra ropa, para
fabricar nuestros vehículos y un 60 ó más del porcentaje de nuestra
alimentación.

Prosiguió: -- Nuestros barcos actuales no son como ustedes
los conciben y construyen. Los nuestros lo mismo están en el aire que
en el agua o en algún otro lugar sin peligro de ninguna especie.

En dicho mar tienen asiento, a grandes profundidades,
descomunales fábricas con sistemas diferentes a los que ustedes usan.
Estos sistemas atraen a los pobladores del mar. Allí son seleccionados y
aprovechados científicamente.

Ante mi asombro, añadió: -- Como comprenderás, en nuestro mar
no se producen perturbaciones de ninguna especie, pues lo tenemos para
nuestro servicio y bajo nuestro control y por lo tanto quedan
eliminadas esas contingencias.

Aquello ya se había convertido para mí en una incesante
preocupación. Ansiaba saber más acerca de aquellas gentes. Le pregunté
cómo era que hablaban tan bien el español.

Me contestó que ellos podían en poco tiempo hablar cualquier
lenguaje por difícil que fuera; que, en su mundo, se hablaron, igual
que en el nuestro, infinidad de idiomas; que ahora solo empleaban uno
formado por las palabras más fáciles y que lo habían logrado en forma
sumamente eficaz y sencilla.

Le pregunté si conocían todo nuestro mundo.

Me aseguró que no solo lo conocían superficialmente, sino
también su contextura y todas las costumbres de las diferentes regiones
por apartadas que a nosotros nos parecieran.

Que lo primero lo lograban con aparatos apropiados de los que
estaban dotadas todas sus naves y lo segundo con personas de ellos
mismos, seleccionadas, las que más se asemejaban físicamente a nosotros.

Las solían dejar bien provistas cerca del lugar que le
interesaba investigar y las recogían en el momento propicio. Me
empezaban a preocupar los fines que perseguían en nuestro mundo.

Así, que, al preguntarlo, me contestó, ilustrando la
respuesta con algo de historia: -- La etapa por la que atraviesan
ustedes ahora, la vivimos nosotros hace algunos miles de años.

En nuestro mundo hubo guerras y destrucción, atrasos y
adelantos; pero un buen día llegó la ecuanimidad. Se derrocaron líderes
políticos y se eligieron en su lugar sabios y destacados humanistas.

En lugar de los ensoberbecidos, ambiciosos y egoístas, que
solo buscaban el lucro en su propio beneficio, que fueron aniquilados
como los medradores, fueron puestos hombres dedicados al mejoramiento
colectivo.

Después de una breve pausa: -- Hubo un cambio total en la
administración pública y, poco a poco, fue desapareciendo la vanidad,
que resultaba el mejor aliado de los explotadores, y acabó asentándose
firmemente la moral en todos sus aspectos.

Ahora nos gobiernan verdaderos sabios que procuran una mejor
alimentación, un mejor vestido, una mejor y uniforme educación. Se
acabaron los privilegios.

Ahora, en el mismo lugar, se educa física y mentalmente al
que probablemente desciende de ricos y al que desciende de pobres. El
que durante esa época de su vida se destaca, es destinado a donde puede
desarrollar sus aptitudes libremente y sin preocupaciones.

Aún dijo más: -- Desapareció totalmente lo que ustedes llaman
Nación o Patria. Solo somos ciudadanos de nuestro mundo. No usamos
bandera, ni identificaciones de ninguna especie.

Cada niño, al nacer es tatuado en alguna parte de sus pies.
Es como una ficha que habla de su origen y facultades. Así crece sin
complejos, sano y libremente.

Las horas habían pasado rápidamente. Empezaba a clarear cuando descendimos del coche.

A decir verdad, no sabía si era realidad lo que me había
pasado, pero debía serlo pues estaba a un solo centímetro de aquellos
dos personajes, dispuesto a certificar lo que me habían platicado. Se
adelantaron un poco, subiendo al borde de tierra.

Y de repente volvieron la cara, como tratando de sorprenderme en algún movimiento sospechoso.

Me di cuenta de que de sus cascos y cinturones salían sonidos
intermitentes y en gran escala, subiendo a veces de tono hasta herir
los oídos.

La curiosidad me invadió y no tuve más remedio que preguntarle para qué les servían dichos cinturones.

La pregunta, al parecer, les llenó de satisfacción.

El bajito fijó su vista en el cinturón.

Su acompañante solo se elevó las manos a él, sin dejar de observarme.

Pero su expresión era tal que daban a entender que, con aquella maravilla puesta, se sentían inmunes a cualquier peligro.

O por lo menos eso me pareció.

Demostraban cariño y seguridad sus vivísimos ojos, que fulguraban.

Por fin, el bajito alzó la vista y me dijo: -- Este es un aparato que sirve para inmovilizar cualquier mecanismo o enemigo.

Ahora dime, prosiguió, satisfecha tu curiosidad, ¿tienes
deseos de conocer la máquina? Ven con nosotros y rubricó la invitación
con amplia y amable sonrisa.

No me pareció digno desairarles.

Por lo tanto, me apresuré a seguirles.

El terreno era lodoso.

Nuestros hombres vadeaban los charcos, buscando lugares más duros.

De repente me di cuenta de que en los lugares donde asentaban
los pies, el lodo se abría sin adherirse a ellos, con el mismo efecto
que produce un fierro caliente.

Vi mis zapatos.

Los llevaba totalmente cubiertos de lodo, alcanzando éste a mancharme las piernas del pantalón.

El descubrimiento me dio la sensación de estar caminando tras
dos fantasmas, e inconscientemente empecé a rezagarme, aumentando la
distancia entre los hombres y yo, pero sin dejar de seguirlos.

Aquello fue solo el principio de una serie de sorpresas, que se gravarían para siempre en mi cerebro.

Algunos metros más adelante, sorpresivamente, tuve ante mi vista la majestuosa nave de que me habían hablado.

Emergía deslumbrante, rodeada de follaje, como gigantesco huevo en descomunal nido.

Paré en seco mis pasos y me puse a contemplar lo que tenía delante.

Una majestuosa esfera achatada se apoyaba en tres boyas que formaban triángulo.

Tenía, en la parte superior, un cable ligeramente inclinado
hacia dentro, como de un metro de altura, circundado de agujeros que
semejaban ojos de buey como los que usan en los barcos.

El conjunto era impresionante y daba la sensación de una gran fortaleza.

Era de un color muy parecido al que se produce en un pedazo de acero al quemarlo contra un esmeril.

Pero de una transparencia difusa.

Cuando los hombres estaban como a metro y medio, ambos se
llevaron la mano derecha hasta apoyarla en el cinturón, y en seguida se
empezó a dibujar y a agrandar una abertura en la parte inferior de la
esfera, convirtiéndose finalmente en una escalera.

A guisa de pasamanos había dos cables, al parecer elásticos, pues se flexionaban al apoyarse los hombres en ellos.

Yo me había quedado como a siete metros de distancia; pero,
como la nave estaba en una hondonada, pude darme cuenta de que,
efectivamente, los hombres no dejaban en los escalones ni una sola
partícula del lodo que pudieran llevar en los pies.

Pude ver también cómo el más gordito se perdía dentro y el
otro se paraba a media escala y apoyándose en el pasamanos se volteaba
para verme invitándome a que me acercase y, aunque algo me jalaba en
dirección contraria, hice un esfuerzo y seguí caminando hasta colocarme a
un metro de la nave.

Algo debía haber cambiado dentro de mi ser, pues el miedo o recelo que hasta entonces había sentido se trocó en audacia.

Empecé a imaginarme que lo que tenía enfrente no era ninguna
nave, y hasta le encontré cierto parecido con una casa de exploradores
de tipo convencional.

Cuando el hombre repitió su invitación, decididamente avancé y empecé a subir tras él.

Salimos por una especie de claraboya o agujero redondo de
poco más o menos medio metro de circunferencia, a una plataforma
horizontal.

Cuando me di cuenta, el agujero por donde habíamos entrado, había sido sellado en forma inesperada.

Ciertamente estaba impresionado; pero, a pesar de estar
encerrado dentro de aquella cosa, la luz pasaba al través, y la parte
que debía dar sobre la escalera por donde subimos, parecía de cristal,
pues se podía mirar por ella hacia fuera con perfecta claridad.

Empecé a recorrer con la vista lo que tenía a mi alrededor.

Una pared bajaba desde el techo formando ángulo con la plataforma.

En esta pared se adivinaba algo que bien pudiera ser un respaldo aunque resultaba demasiado alto.

En ángulo con aquel deforme respaldo, pues era otra cosa,
estaba lo que debía ser el asiento, dividido en tres secciones, vistas
desde enfrente, con algo que parecían tapas de los asientos pero éstas
habían sido levantadas hacia los lados.

Debí parecerles un bobo en un bazar, pues los hombres se limitaban a observarme.

Finalmente, el que hablaba español me invitó a pasear un
poco, pero ahora me pareció que aquello no se iba a levantar ni un
centímetro con mi peso, por lo que irónicamente le dije que me gustaría
probar.

Me señalaron el asiento de en medio, ocupando ellos los de los lados.

El asiento era mullido, en grado para mí desconocido, y eso
que llevo por lo menos las dos terceras partes de mi vida ocupando
asientos de autos, por lo que no podía negar que, con un asiento de esa
naturaleza, me gustaría dotar al coche donde trabajo.

Pero, esperen, que si el asiento resultaba sorpresivamente
blando, el respaldo resultaba superior, pues bastaba recargar un poco
el cuerpo en él y fácilmente me perdía en aquella masa agradablemente
acogedora.

Fueron bajadas las tapas e inmediatamente sentí una ligera presión sobre mis piernas y parte del abdomen.

Ajustaban con tal presión y firmeza, que me daba la impresión de estar metido dentro de una paca de hule esponja.

Lo que estaba sobre mis piernas era nada menos que un tablero de instrumentos.

Al igual que cada uno de los lados, estos tableros eran gemelos, y desde cualquiera de ellos se puede operar la máquina.

Me gustará mucho poder describir uno de estos tableros y voy a tratar de hacerlo.

Son como una mesita rectangular, ligeramente inclinada hacia mí.

Junto a mi pecho, y resaltando notablemente sobre los demás
instrumentos, había una pantalla, no mayor que un faro de automóvil de
superficie convexa.

Se la veía límpida y luminosa, con asombrosa claridad.

Junto a esta pantalla, en los lados de la parte anterior, había dos protuberancias redondas, una blanca y la otra negra.

Debo aclarar que los colores de todos los instrumentos eran luminosos, con más fuerza que la luz fluorescente que conocernos.

Delante, junto a la mencionada pantalla, había tres
ruedecillas, dos colocadas en forma vertical y una en medio, en formato
horizontal.

Al lado derecho se veía una serie de teclas, la primera ancha y las demás angostas.

A la mitad de la primera, este teclado empieza en la mayor,
de color blanco, y conforme se alejan el color se va ennegreciendo
hasta terminar en un negro brillante.

Hasta el extremo opuesto y a cada lado, había al alcance de
los dedos pulgares de los pequeños hombres, dos diminutos descansos
para dichos dedos en forma de ángulo, hacia fuera.

En el lado izquierdo, en hilera, igual que el teclado,
surgían palanquitas en forma de pequeñas raquetas o palmetas que se
manipulan hacia enfrente.

Finalmente, delante de la pantalla y aproximadamente al
centro del tablero, había cuatro piezas en forma de media luna, teniendo
la parte inferior circular y la superficie plana.

Basculaba por el centro, por lo que se advierten en cada una de ellas solo dos movimientos.

Estas piezas forman una cruz.

Se complementan dichos tableros con un cilindro colocado en el extremo posterior.

Dentro de dicho cilindro, se mueven cinco secciones a diferentes velocidades, teniendo las lecturas en forma diagonal.

Convierte el color conforme gira, yendo del blanco al negro.

Así era poco más o menos el tablero.

En él se reproducen los movimientos de la máquina a voluntad del tripulante.

Observando todo esto, no me di cuenta cuándo empezamos a subir.

El ascenso fue suave, lento y en forma vertical.


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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:24 pm

CAPITULO 3


Pude ver a mis pies el coche abandonado.

Seguimos subiendo, siempre en forma vertical y siempre
teniendo a mis pies el coche como objetivo, viéndolo por última vez en
forma borrosa y no mayor que el auto de un niño.

Mis acompañantes me instruyeron cómo operar la pantalla.

Bastaba hacer girar cualquiera de las ruedecillas laterales,
para atraer en forma nítida y precisa todo lo que había fuera de la
nave, tanto de la parte superior, como de la derecha, como de la
inferior, de la izquierda, sirviendo la del centro que estaba en forma
horizontal, para acercar la imagen hasta dar la impresión de que estaba a
un metro de nosotros.

Se me olvidaba mencionar que en el extremo derecho del
tablero hay una bola incrustada en una cuenca y termina con una palanca
redonda.

Esta hace mover en toda la extensión de la pantalla un punto
negro que sirve de mira cuando hay necesidad de usar diferentes armas,
que más tarde trataré de describir.

Por fin todo quedó cubierto de nubes y nosotros seguíamos subiendo.

Los hombres buscaban un claro para que yo pudiera ver nuestro
planeta, pues pensaban, y con razón que aquello me iba a impresionar.

Por mi parte, me sentía tranquilo.

Traté de hallar el motivo de esta tranquilidad, pues no me parecía normal.

Mi carácter es nervioso por naturaleza y, además nunca había
subido en un avión, y esto ya me parecía motivo suficiente para
estarlo.

Recordé que solo momentos antes de abordar la nave sentí temor.

Recordaba haber visto al gordito perderse dentro de la escala
y ansiaba en aquel momento que el otro hombre hiciera lo mismo, para
regresar “volando” a la carretera y meterme en el automóvil, que me
brindaba seguridad.

Sin embargo, en un momento dado, desapareció aquel miedo, y
ahora hasta indiferencia sentía por la suerte que el coche pudiera
correr, abandonado.

Me empezaba a preocupar que estuviera bajo la influencia de aquellos hombres.

Sin embargo, trataba de alejar de mi mente aquellas
preocupaciones, y me distraía observando cómo maniobraban en los
tableros y mirando hacia fuera a través de las paredes, comprobando el
efecto.

Hasta sentía admiración por la sencillez y maniobrabilidad de aquella nave, que hasta un niño podría manejarla.

Cuando entramos en un espacio despejado, me indicaron lo que teníamos a nuestros pies.

Confieso que, por muy resentido que fuera y aunque hubiera
estado seguro que había subido a la nave bajo alguna influencia
extraña, me hubiera parecido perdonable.

Lo que tenía al alcance de mi vista era un espectáculo
maravilloso, una esfera ligeramente opaca, algo desdibujada, que por
momentos se convertía en una masa redonda y temblorosa como ensoñada
gelatina.

Podría precisar que volábamos sobre la parte central del
continente americano, ya que distinguía con relativa facilidad,
perdiéndose en un abismo sin fin, lo mismo la parte ancha de la
República Mexicana, que la parte más angosta del continente.

Luego los hombres me indicaron la pequeña pantalla, aconsejándome accionara la ruedecilla central.

Y por qué lo había de negar, pues no tengo ni conozco
palabras para expresar lo que sentí, ni tampoco para describir lo que
tenía a solo unos metros de mis asombrados ojos, que, para darles
crédito, tenía que apartarlos de la pantalla y volverlos a través de la
pared de la nave que me parecía más real, más verosímil.

Dentro de aquella pequeña y clarísima circunferencia en la
que, a mi capricho y con solo mover aquel diminuto control, podía traer
y reducir todo un mundo, hasta en sus detalles más insignificantes y
ver a nuestro alargado continente nadar en una masa líquida que se
desvanecía en colores azul y rojo, hasta desaparecer sus contornos en un
vacío infinito.

Aquel increíble espectáculo se grabó de tal manera en mi
mente, que muchas veces he despertado sobresaltado sintiéndome en el
vacío y atraído por aquella enorme esfera que una vez contemplé quizás
sin mi voluntad.

Cuando los hombres creyeron que era suficiente y lo creyeron
porque si me hubieran consultado les habría pedido que me dejaran
admirar aquello hasta saciarme; pero para ellos el tiempo contaba y
pronto metimos en grandes masas de nubes, algunas tan intensas que
obscurecían el interior de la nave.

Aquí recibí otra impresión maravillosa.

Acabábamos de salir del obscurísimo vientre de una negra nube
cuando, intempestivamente, inundó la nave una luz roja color sangre,
vivísima, que cambiaba el aspecto de todo en el interior de la nave.

Todo cambió de forma, las caras de los hombres se ven
huesudas y espectrales y la mía debe haber tomado también aspecto
terrible porque el pequeño hombre se apresuró a decirme que no tuviera
temor pues era el sol quien nos estaba dando ese color; pero a mí más
me parecía estar dentro de un potente y rojo reflector.

De repente cesó el movimiento o mejor dicho la sensación de que íbamos a velocidades aterradoras.

Y quedamos suspendidos en el aire.

Ahora otra gran sorpresa no menos agradable que la anterior.

Se trataba de un gigantesco disco color negro, deslumbrante,
enceguecedor. Giramos lentamente alrededor de él, como reconociéndolo.

Los rayos del sol rebotaban en su pulida superficie.

Estaba inmóvil, como dejándose husmear por el ahora pequeño aparato que ocupábamos.

Por fin volvimos a quedar inmóviles frente al gigantesco disco.

Vimos cómo se abría en la parte superior una tapa de las
mismas dimensiones que nuestra nave y también cómo esta se empezó a
deslizar dentro de aquel monstruo.

Se sentía perfectamente el roce en la parte inferior, a nuestros pies, como si se fuera deslizando en unos rieles.

Dejó de sentirse esta sensación; se abrieron los tableros,
dejándonos de nuevo en Libertad; los hombres se pararon indicándome que
los siguiera; se abrió la claraboya y por ella abandonamos aquella
parte de la nave.

La puerta de ésta estaba abierta y por ella descendimos a una
enorme bóveda en la que no había más columnas que las que formaban el
aparejo donde quedó ajustada nuestra pequeña nave.

Había dentro una iluminación intensa, sin quedar al descubierto la fuente.

Más parecía que todas las superficies al alcance de nuestra vista produjeran luz.

Los hombres se dirigieron más allá del lugar donde había
topado nuestra nave, donde una pared cortaba la circunferencia, y yo
tras ellos con una indiferencia que solo al recordarlo me da escalofrío.

Poco antes de llegar a la pared, se deslizó suavemente una sección como de metro y medio por lado.

Por allí seguirnos, encontrándonos ahora en un espacio en forma de media luna.

Ocupaba la parte de enfrente o sea la semicircular una
especie de pantalla panorámica de cine, solo que intensamente luminosa.

Al pie de la pantalla una mesa larga y angosta, cubierta
materialmente de instrumentos, entre los que sobresalían gran cantidad
de pequeñas, pero increíblemente visibles carátulas con diferentes
lecturas, destacaban también basta tres hileras de teclas, que semejaban
las de igual número de pianos dispuestos para un concierto y gran
cantidad de protuberancias completaban aquel maravilloso tablero, de
instrumentos.

Junto a éste, tres voluminosos asientos.

Estaba tan distraído observando todo aquello, que no me había
dado cuenta que estaba rodeado de gentes, que completaban un total de
ocho con mis amigos.

Les pedí perdón por mi indisculpable distracción.

Ellos me contestaron que estaban contentos de que dentro de
su nave, que no era otra cosa el monstruo aquel, hubiera algo que
llamara mi atención.

Cuatro de los que estaban allí vestían igual que mis amigos.

Los otros dos, indudablemente eran los jefes, pues su porte y
aspecto en general denotaban no solo más edad, sino una mayor
personalidad, sin contar con que el uniforme que vestían era de un color
marrón brillante que les daba un aspecto distinguido, una mayor
jerarquía y, como si esto fuera poco para diferenciarlos, bastaba
observar la reverencia con que los otros los veían.

Todo lo que me estaba pasando desde la mañana en que bajamos
del automóvil me parecía tan irreal que empezaba a sentir una sensación
de vaguedad de la que temía volver de un momento a otro y encontrarme
de nuevo en el coche.

Pero no era así.

Estaba vivo y bien despierto.

Los jefes de aquella nave me invitaron a que permaneciera con
ellos algún tiempo, pues, según me dijeron, sentían verdadera
satisfacción en tener a un hombre de mi raza como invitado.

Al lado derecho y frente a la enorme pantalla había una
hilera de camas, pues no creo que alguien de nuestra raza que las viera
fuera a pensar que eran otra cosa.

Naturalmente que se diferencian algo de las nuestras; pero
solo por su sencillez, pues las tales camas se reducían a unos marcos
como de metro y medio de largo y uno de ancho y dos pulgadas de grueso.

El material de relleno era acolchonado, poroso, suave y debía
estar sostenido por alguna malla de material resistente y poco
elástico.

A lo largo de este marco y debidamente espaciados había dos
puños amuescados que, haciéndolos girar, la cama cobraba posiciones
diferentes, pudiéndose convertir en cómodo sillón, sin patas de ninguna
especie, pues el marco aquel estaba empotrado en la pared y por lo
tanto, convertido en sillón, quedaba colgado o suspendido.

Cumpliendo el ofrecimiento que me hacían de hacer una
demostración de cómo trabajaba aquella maravillosa nave, fueron
transformadas las camas, tomando asiento, mis dos amigos, los jefes y
uno más de los que estaban en la nave.

Los tres restantes se perdieron en los monstruosos asientos, junto al tablero de instrumentos.

De repente se empezó a oír una especie de silbido agudísimo y la pantalla se dividió en tres bandas a todo su largo.

La banda de en medio comenzaron a recorrerla unas luces
rojas, que empezaban en los lugares más inesperados y morían siempre en
un extremo, aumentando de grosor a la mayoría de las veces antes de
desaparecer.

Aquello me llamó la atención y pregunté de qué se trataba a uno de los jefes, pues yo ocupaba un lugar en medio de ellos.

Me explicaron que eran partículas cósmicas, que una poderosa
fuerza de repulsión que generaba la máquina apartaban de nuestro
camino, para que no causaran daño a la nave.

Aquello resultaba interesante, pues como se cruzaban en
diferentes direcciones, formaban figuras caprichosas que hubieran
bastado para tenerme entretenido varios días sin aburrirme.

Es indudable que había pasado mucho tiempo, pues el estomago me lo estaba advirtiendo.

Inesperadamente, uno de los hombres que nos acompañaba se
paró y dirigiéndose al lado izquierdo de cada una de las sillas haló
una pieza que formaba parte de un largo y articulado brazo; luego se
dirigió al rincón del ángulo contrario al que ocupábamos y regresó con
dos pequeñas charolas, una en cada brazo.

Las charolas formaban un cuadro como de seis pulgadas y
estaban divididas en cinco hondas secciones, cada una repleta de algo
consistente, con un sabor tan agradable que me resultaba difícil
encontrarle parecido con algo que hubiera comido antes.

Pero no solo era de agradable sabor, también resultaba reconfortante en grado sumo.

Poco después de comer estos alimentos, sentí una agradable
satisfacción de reconfortante optimismo que borraba de mi mente todos
mis problemas y mis preocupaciones.

Los ojos se me cerraban.

Naturalmente, esto tenía explicación.

La noche anterior casi no había dormido, había manejado lo menos trescientos kilómetros.

Luego, las diferentes emociones por las que había pasado y,
si esto fuera poco, ahora estaba dentro de una fantástica nave rodeado
de gente extraña.

Extraña sí; pero que hacía sentirme el hombre más importante de la tierra.

Derrochaban amabilidad y gentileza, como si en verdad se sintieran obligados conmigo.

Y, por qué había de negarlo, me hacían sentir abochornado e insignificante.

Por fin, no lo pude evitar por más esfuerzos que hice y por más que me resistí, el sueño me venció y no supe más.

Cuando me despertaron, yo estaba transformado, aunque no había cambiado de posición ni de lugar.

Todo lo que llevaba encima había desaparecido.

Ahora mi cuerpo se cubría con un uniforme parecido al de ellos, solo que sin cinturón.

Faltaba también la cinta del cuello, así como los zapatos.

Los que tenía puestos, eran una especie de chanclas de una sola pieza, que cubría hasta los tobillos.

Llevaba también un pantalón, tan ajustado como el de un torero.

Lo sentía materialmente adherido al cuerpo, pero sin estorbarme lo más mínimo.

Lo que me cubría de la cintura para arriba semejaba un sweater de los que se ponen por el cuello.

Las mangas llegaban a las muñecas y el cuello cerrado y ajustado me llegaba a la manzana.

No tenía ninguna de aquellas prendas, ni cierres, ni botones, ni bolsas, ni se les notaba unión de ninguna especie.

El material era grueso, pues en algunas partes lo sentía por lo menos como de una pulgada.

De una frescura incomparable, me daba la sensación de estar desnudo.

Los hombres, ante mi extrañeza, me explicaron que se habían
tomado esa libertad por serme absolutamente necesaria para protegerme.

Habían intentado despertarme, pero no lo habían logrado.

Y lo que sí lograron fue apenarme, porque eso de cambiarme de
ropa sin enterarme era el colmo; pero sí lo creí, pues recordé que una
vez, siendo niño todavía, unos amigos me habían bajado de un auto y
colocado recargado en un árbol.

Por qué no creer lo que ellos aseguraban.

Además, no teníamos tiempo para perderlo en nimiedades.

Los hombres me despertaron, para que con mis ojos viera el espectáculo maravilloso que poco después se me iba a ofrecer.

Me indicaron que no despegara la vista de la pantalla, para que no perdiera detalle alguno.

Efectivamente, poco después apareció una bolita del tamaño de una canica.

Se veía completamente diferente a todo lo que cruzaba la pantalla con rapidez vertiginosa.

Esta no cambiaba de lugar y solo iba aumentando de tamaño.

Ahora era del tamaño de una pelota de golf.

Parecía maravillosa y venía hacia nosotros, en línea recta.

Más tarde llegó a tener el tamaño de una pelota mediana.

No cambiaba de color y era de un rojo reverberante, como una bola de brasas de carbón.

Después del tamaño de un balón.

No había cambiado de lugar y si la cosa seguía como hasta ahora, amenazaba con invadir toda la pantalla.

Ya casi no cruzaba ésta otra cosa.

¿Sería que aquella bola me estaba obsesionando y no separaba de ella mi vista? Empezaba a sentir temor.

Todos los que permanecían a bordo también lo sentían.

Se les veía en la cara.

También estaban atentos y creo que preocupados.

Nuestro objetivo tenía ahora lo menos un metro.

Traté de pararme.

Los dos jefes, al mismo tiempo, me indicaron que me estuviera
en mi asiento quietecito; pero nadie hacia nada por evitar la terrible
colisión.

Yo los miraba, desesperado; pero no me daban importancia.

La fantástica bola aquella ya casi cubría la pantalla de en medio.

Traté de nuevo de pararme y esta vez sentí la presión sobre mis piernas de dos pequeños pero poderosos brazos.

El hombre que tenía a mi derecha me dijo que no corríamos
ningún peligro, que estábamos entrando en otro mundo, al mundo en que
ellos vivían y que lo que ahora estábamos viendo solo era una capa
atmosférica que los cubría.


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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:26 pm

CAPITULO 4


Lo inevitable llegó. La bola cubrió las tres pantallas. Empecé
a sentir un calor sofocante; pero solo yo, los demás estaban
inmutables y lo atribuí a mi estado nervioso.

Habíamos logrado superar la peligrosa sensación de choque.
Ahora la pantalla inferior se cubrió de cuadros pequeños, divididos por
canales profundos y rectos.

Los cuadros empezaron a crecer, ya se distinguían mejor.
Estaban cubiertos de algo que parecían arbustos y sobre los arbustos
había algunas otras cosas.

Acabábamos de pasar algunos, donde se distinguían naves como
la pequeña que llevábamos dentro. Ahora uno donde estaba aquella que
cubrió todo el cuadro.

Empezamos a descender en forma vertical. Fuimos derechos a
uno de los cuadros, como se ve perfectamente en la pantalla de abajo.
Todo el mundo se para y nos disponemos a salir.

Se abre la puerta de la cabina. A nuestro lado izquierdo hay
una columna gruesa, pegada a la pared, que no la había visto cuando
entramos.

Gira una sección, quedando al descubierto una escalera de barrotes semicirculares.

Los jefes se adelantan. Baja uno, luego el otro. Se pierden en la columna hueca. Mis amigos indican que los siga.

Aquella operación me recordó el descenso en paracaídas. Pongo
un pie en un barrote y, al sujetarme con las manos al que estaba
delante de mí, empezó a descender suavemente como un elevador, y no paró
hasta el piso, cinco metros más abajo de la pared inferior de la nave.

Estamos bajo la panza de ésta y, efectivamente, es negra y
brillante. A mi alrededor está lleno de pequeños árboles, todos
cubiertos de frutas.

Se respira fragancia. Entre los árboles hay unos postes gruesos de metal, también negros.

En ellos descansa nuestra nave.

También hay unos pasillos en todas direcciones, que tienen,
por lo menos, medio metro sobre el nivel del piso y al pisar suena a
hueco.

Los árboles no miden más de dos metros de altura; pero son frondosos.

Sus ramas pelonas no tienen hojas, ni el piso se ve con hojas tiradas.

Sus ramas son bastante gruesas y no guardan proporción con el tronco.

Estas tienen abundantes frutas cada una.

Toqué una y me dio la sensación de tener una cáscara sumamente delgada.

El fruto era blando, como cuando está maduro.

Cada árbol estaba sostenido por el tronco, con cuatro brazos
que vienen desde el piso, abiertos en ángulo como patas y cerrados en
el tronco, pegados a dos medias canales que abrazan el árbol.

Examiné la tierra pero no tiene parecido con la nuestra.

Parece polvo de algo como hule molido o arenilla fina.

Era negra y estaba húmeda, sumamente húmeda; pero no de agua sino de un líquido viscoso.

Mis amigos aseguran que efectivamente no es tierra sino un
producto químico, y que los árboles no se sostienen con las raíces,
sino que éstas les sirven tan solo para alimentarse.

Me aseguran también que estamos en una azotea y ésta es un
tanque para contener todo el material con que alimentan su
fruticultura.

Seguimos por un pasillo hasta el borde, que es un barandal grueso.

Miro hacia abajo y me doy cuenta de que lo que yo creía que eran canales resultan calles.

Allá abajo se mueven varios vehículos y junto a las paredes hay gran cantidad de gente, todos alineados en orden.

No se encuentran, ni se tropiezan.

Si levanto la cara encuentro algo verdaderamente asombroso: una bóveda altísima y continua, que no se ve dónde puede acabar.

Mis amigos dicen que cubre todo su mundo, pero no es solo eso, sino que despide rayos luminosos en todas direcciones.

Me siguen explicando que se trata de una capa de nubes
espesas, a las cuales han mezclado substancias que, al recibir los
rayos del sol, absorben el calor y la luz, la pasan multiplicándola y
con ella se alumbran.

Me aseguran que no tienen noches.

El clima es bochornoso y me empieza a faltar el aire.

No es suficiente el que respiro.

Me siento mal, me estiro el cuello de la camisa aquella y cede.

Es elástica, pero no logro compensarme.

La cara me arde.

Creo que voy a desmayarme y me apoyo en el barandal.

Los hombres que me estaban cuidando esperaban esta reacción y
ya venían prevenidos; me ofrecen un trozo como de goma grande del
tamaño de un habano y me dicen que lo chupe como para fumarlo.

La reacción es notable.

En cada chupada recobro las fuerzas hasta sentirme normal.

El cuello de la camisa de nuevo me oprime, pero ya no me molesta.

Bajo aquella monumental bóveda se ven infinidad de naves como
la que traemos dentro, muchísimas como la grande y todas negras.

Se cruzan rápidas a diferentes alturas.

Noto que, según la dirección que llevan, es la altura a la que operan.

No solo hay naves de esta forma.

También las hay tubulares, de varios tamaños, largas y
gruesas; las hay esféricas y también éstas de diferentes dimensiones.
Parecen globos de cristal. Sobre nosotros pasa una que semeja una pera o
huevo.

La tenemos a poca altura y se desplaza con lentitud. Me
aseguran que también es nave transporte. Una cosa llama la atención: a
pesar de la velocidad y profusión de vehículos, éstos no chocan. Frente
a nosotros descendía una nave gigantesca y, al cruzarse con una
pequeña, ésta se desvió con rapidez asombrosa.

Creo que los tripulantes no intervinieron. Inquiero, y me
explican él fenómeno, todas las máquinas tienen fuerza de repulsión, y
la que imprudentemente meten en la ruta de otra, ésta la rechaza como
una pelota.

Caminamos por el pasillo junto al barandal, hasta llegar a un
ángulo de la azotea. Allí están los elevadores dispuestos a todo lo
largo de ese lado.

No son, del tipo cerrado como los que conocemos, sino que tienen tres caras cubiertas por una rejilla maciza y rígida.

En esta rejilla nos recargamos de espaldas.

Yo bien sujeto con las manos; pero justamente donde me apoyo están los controles.

Me pregunta uno de los jefes si tengo hambre y, a fe mía, que no la sentía, ni siquiera me acordaba; pero le contesté que sí.

Porque da la casualidad que este edificio es un comedor comentó riéndose.

Efectivamente, al descender parábamos en cada piso; pero todos estaban llenos de gente.

Seguimos descendiendo.

Por fin, en uno descubrimos varios lugares vacíos y saltamos al piso.

Reinaba una gran armonía en todos los movimientos de la gente.

No se estorbaban ni cuchicheaban.

Cada uno llegaba, cogía su alimento, se sentaba, lo terminaba, regresaba la charola vacía y se retiraba.

Me di cuenta que la pared frontal a la que ocupábamos al descender, también estaba cubierta de elevadores.

Y las dos restantes convertidas en alacenas circundantes, cubiertas de charolas, iguales a las que usamos en la nave.

El piso de este local estaba cubierto de pequeñas sillas, que
se completaban con una plana reversible en la que se colocaba la
charola.

¡Pero qué barbaridad! Ahora los alimentos me supieron mejor.

Mis arnigos me ofrecieron una ración doble y comí hasta quedar satisfecho.

Fueron diez sabores distintos, pues todos son diferentes.

También pude observar que las charolas eran de muy variados
colores tanto que me cansé de contarlos y los hombres me aseguraron que
cada color tiene cinco sabores diferentes, lo que da por resultado
millares de sabores; pero, eso sí, todos tienen la misma consistencia.

Las cucharillas que usan tienen cierto parecido con nuestras palas planas, ligeramente curvas y son muy diminutas.

Las gentes que vi en este edificio no medían más de un metro.

Todos diminutos, pero bien proporcionados.

Todos llevan ropa igual a la que me habían puesto, de colores diferentes.

En este mundo de clima acondicionado hay una continua orgía de colores, a donde quiera que uno dirija la vista.

Hombres y mujeres visten igual y de frente se distinguen solo por las formas propias de la mujer.

Al hablar, su voz es reposada.

No así la de los hombres, que es bronca y hasta cierto punto desagradable al oído.

Todos tienen el pelo platinado y ondulado y a todos les cae sobre los hombros.

También es general el color verde de los ojos y el marfileño de su piel.

Mis amigos me explicaron que la raza es pequeña porque así lo quieren ellos, ya que el proceso es científico.

En cuanto al color de su piel, pelo y ojos, se debe al clima que impera en ese planeta.

En el comedor habíamos quedado mis dos primeros amigos y yo.

Las demás personas nos habían abandonado, pues tenían que rendir sus informes y reportarse.

Nosotros nos dedicamos a fisgar libremente.

Resultaba maravilloso estar entre tantos muñecos humanos, a los que yo les debo parecer un monstruo.

Abandonamos el comedor por el mismo elevador y llegamos a lo que sería el entresuelo.

Este piso está totalmente vacío.

La gente cruza por ellos.

De calle a calle no hay puertas.

Las dos paredes frontales que no tienen elevadores se
componen de una serie de entradas en forma de arco y al centro hay dos
más espaciosos que el resto.

Por allí cruzan vehículos, hay muchísima luz, pero no se descubre la fuente.

Se podría decir que las paredes la producen.

Caminamos sobre un piso amortiguador, que está pulido como un metal.

Salimos rumbo a la calle y al llegar al paño nos detenemos.

Las banquetas circulan a una velocidad moderada.

Están divididas en tres bandas, dos se mueven en direcciones opuestas y la de en medio está muerta.

La gente cambia con agilidad de una en movimiento a la muerta
y de ésta a la que viene en sentido contrario, o entra en un edificio.

Las fachadas son lisas, no tienen ventanas de ninguna especie, lisas por completo.

Sus hermosos colores parecen de vidrio o, mejor dicho, espejos, pues la imagen se refleja con nitidez.

Se nota la unión del material en cada piso; pero solo a todo lo largo.

Cada edificio es de un solo color.

Así se diferencian.

No hay letreros de ninguna especie.

Los comedores por ejemplo son azules y los encuentra uno cada cuatro manzanas.

El arroyo de la calle es ancho, se divide al centro por una
angosta media caña, lo cubre una especie de tiras de metal, una angosta
y otra ancha, la angosta de color amarillo y la ancha de color marrón
oscuro.

Solo descubro dos tipos de vehículos, de piso, dijéramos, ya que no podemos decir terrestres.

Son un tipo pequeño, individual, para una persona.

Este va provisto de dos rodillos.

No coinciden con la idea que nosotros tenemos de la rueda bien proporcionada, pues son chaparros y anchos.

En ellos va solo una persona, pero los hay que tienen tres rodillos.

En los primeros hay un asiento con respaldo y sobre la rueda
delantera solo hay un manguito no mayor que la mano de uno de ellos.

Se opera como un manubrio.

En los segundos el asiento es ancho y también lleva respaldo y apoyo para los pies.

Al igual que los otros, se opera con el manguito.

Este tipo de vehículos los ve uno abandonados en casi todos
los edificios, en el entresuelo, y cualquiera los usa y los abandona
cuando le da la gana.

En los de tres rodillos van generalmente parejas, hombres y mujeres.

Los ve uno circular a buena velocidad y generalmente sobre las franjas angostas.

El otro tipo de vehículo de piso le podíamos llamar el colectivo.

Semejan armazones de edificios pequeños a medio terminar.

La mayoría tiene diez pisos, aunque los hay que tienen menos.

Este tipo de transportes resulta raro, pues no baja y sube a una persona, sino que deja y recoge pisos enteros.

Y como me pareció interesante el sistema voy a tratar de
describirlo en todos sus detalles pero para eso primero veamos cómo son
las calles, para que lo comprendamos mejor.

Estas suben y bajan formando pasos a desnivel en cada
esquina, por lo que siempre pasan los vehículos cada dos cuadras bajo
un puente y se usa el hueco de este para alojar las plataformas que
reciben el pasaje.

Ahora veamos cómo son los vehículos que caminan como a un
metro de las banquetas y ya que hablamos de ellas, completaremos su
descripción: corre a todo su largo, separándola del arroyo de la calle
un barandal rígido y en lo que podía ser la guarnición está abierta la
interminable boca de un colector succionador, que se encarga de chupar
el polvillo que pudiera producir en el piso el continuo rodamiento de
los vehículos, único desperdicio admisible en ese mundo, donde se
advierte limpieza absoluta.

Son, como ya dije, armazones que van sentadas en una plataforma que les sirve de base.

Esta a su vez descansa en varias hileras de rodillos.

Generalmente tiene cada hilera cinco fuertes rodillos y completan hasta diez hileras.

Este es el armazón viajante y, exactamente como él, hay dos en cada parada.

Están sin rodillos y formados uno detrás de otro.

Ahora trataré de describir el complemento, o sea donde se sienta el pasaje.

Es una caja que tiene hasta diez asientos corridos en los que caben cinco o seis personas.

Naturalmente, pequeñas.

Cada caja es todo un mecanismo.

El vehículo llega a su parada y se ajusta con precisión de milímetros, paralela a la primera armazón fija.

Se oye un golpe seco y despide una sección hacia dicha armazón fija.

Camina unos metros más hasta ajustarse con la siguiente sección y recibe otra caja repleta de pasaje.

Decían antes que cada una de estas cajas es todo un
mecanismo, porque los asientos están montados sobre una banda que en
cuanto está dentro del armazón fijo empieza a girar, poniendo cada
asiento al alcance de un tipo de escalera de barrotes, automático.

La gente usa tanto las escaleras elevadores, como los
asientos, con suma facilidad. Dichos elevadores conducen a unos
pasillos subterráneos y, para abordar uno de estos vehículos, la
operación se hace a la inversa.

No hay conductores ni motoristas. No usan troley. Tampoco van
sobre vías y sin embargo son tan exactos en sus paradas, que pienso
que si una inteligencia los maniobrase, no lograría más exactitud.

Va uno detrás de otro, algunas veces en línea cerrada. En
determinados lugares alcanzan velocidades hasta de setenta o más km/h.
Circulan siempre sobre dos de las franjas angostas. La luz en las calles
provienen del cielo o capa celeste.

No es tan viva como la que gozamos nosotros de día; más bien
se parece un poco a la que reina en nuestro mundo al amanecer y se ve
brotar de miles de lugares a la vez, como rayos del sol, pasando a
través de nubes blancas y plateadas que forman un infinito reflector.

Mis amigos me habían dicho que no tenían luz artificial en
las calles y que tampoco tenían noches y el hecho de que ningún
vehículo traiga medio alguno para producir luz parecía comprobar lo que
ellos aseguraban.

Pero dentro de los edificios, es algo sorprendente la intensidad de la que allí se usa, pareciendo manar de paredes y techos.

Salimos a caminar porque, aunque las banquetas se mueven, la
gente siente placer en usar sus pequeñas piernas y nadie se deja
llevar.

Al contrario, parece que algunos se divierten saltando de
banqueta en banqueta; pero yo caminaba torpemente y mi única
preocupación era no pisar a alguien, que no me lo hubiera perdonado. Es
admirable el cambio que se opera dentro de mi ser.

Siento la mente despejada y un gran poder de observación.

Asimilo con facilidad lo que ellos me explican y experimento
tal grado de despreocupación, que casi olvido que tengo que volver a mi
mundo, aunque mis amigos ignoran cuándo.

Ni siquiera me había dado cuenta que ya los dos hablan el
español y solo me volví a la realidad al ver mi desproporción con todos
los seres que me rodeaban, no solo en la estatura, sino también en
fealdad.


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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:27 pm

CAPITULO 5


Desde que estuve por primera vez en una de sus azoteas huertos, encontré algo que llamaba poderosamente mi atención.

Se trataba de unos edificios que, aunque son similares a los
otros, solo es así hasta la altura media y de ahí suben en forma
circular a una altura quizá de doscientos metros, terminando en forma de
cúpula, redonda y lisa.

Esta prolongación es de color negro brillante, el mismo de
las naves circulares, como la que nos transportó a aquel mundo de
maravilla.

Las hay en profusión, pues solo los separan cuatro edificios,
para donde quiera que uno cuente, o sea que cada uno de ellos está
situado entre un grupo de veinticuatro manzanas de edificios.

Son los únicos que tienen señales o guías, pero estas guías,
según el decir de mis amigos, solo marca el número de zona que se
controla desde él.

Mis amigos me aseguraron que dichos monstruos eran los
edificios más importantes, pues desde ellos se lleva la administración
del grupo que los rodea, entre los que hay comedores, dormitorios,
cinematógrafos, salas de juego, salas de sonido, laboratorios para la
preparación de alimentos, central médica, fábrica de ropa y laboratorio
de aseo para la misma.

Controla la distribución de ropa y alimentos, el clima e iluminación de su grupo, y todo esto en forma automática.

Me aseguraron también que desde sus cúpulas se mantenía comunicación constante con naves y edificios.

En sus torres se captan sonidos que provienen de todo el universo.

Se estudian, clasifican y materializan.

Desde sus cúpulas se mantiene la forma y altura de su bóveda
atmosférica y se controla el clima fuera de los edificios, se atiende a
su conservación, y, como si esto fuera poco, en cada uno de ellos hay
un archivo vivo en el que se puede investigar su pasado, ver el presente
y la gestación del futuro.

Puede uno ver, sin salir de ellos, procesos de construcción
de edificios, fabricación y montaje de toda clase de vehículos aéreos y
terrestres, la preparación desde un principio de su alimentación y
vestido.

Se usa un sistema maravilloso de autosonovisión, valga la palabra, ya que se puede manejar el espectáculo a voluntad.

Hay en cada una de sus salas, en las paredes, unos visillos que se controlan con manijas situadas a cada lado de la abertura.

En estas se apoya toda la mano, quedando el dedo pulgar sobre un botón.

Al igual que las salas de cinematógrafo, da una sensación de
profundidad increíble, posesionándose de uno la idea de que está viendo
realmente hombres, materiales, máquinas y su proceso.

Con dichas manijas se hace pasar el espectáculo a derecha e
izquierda, o se detiene lo mismo que si uno estuviera en un vehículo
recorriendo esa zona, y para ello basta apretar dichos botones.

Como juzgo de interés lo que en] algunas de ellas vi, voy a
tratar de describir estas interesantes impresiones: Empezaremos por
algo que todos conocemos, las llantas de un vehículo cualquiera.

Esto es cosa de su pasado, pues en la actualidad tienen un
piso con la tersura de un espejo y usan un sistema diferente de rodada.

Pero, como digo, usaron un tipo de llanta muy parecida a la nuestra, aunque el principio de fabricación era diferente.

Nosotros en cuestión de transportes tanto terrestres como aéreos hemos avanzado en velocidad, pero no en seguridad.

Lanzamos un automóvil a más de doscientos km/h y dejamos el
resultado a expensas de la suerte, pues vamos montados en cuatro
llantas sostenidas por núcleos de aire, y sabemos por experiencia que no
solo a esa velocidad sino a un tercio de la misma si intempestivamente
una de esas llantas perdiera el aire que la sostiene, la vida solo
depende de la suerte.

Pues bien, ellos no jugaban con su vida ni la dejaban a la
suerte, por lo tanto buscaban la seguridad en algo confiable, la
solidez de un material.

Y sus llantas de todos los tipos estaban construidas bajo ese principio.

Y como ví todo el proceso de fabricación, estoy en condiciones de describirlo.

Espero, en este caso, que logren entenderme, pues resulta tan
raquítico mi vocabulario, que no sé si logre expresarme debidamente.

Empezaremos por el núcleo, o sea lo que en las nuestras
representa el aire a presión, que es la base para una llanta confiable.

Para lograr esto, fijemos en nuestra mente un molde para ese núcleo como si en él quisiéramos alojar una de nuestras llantas.

Dicho molde está abierto en su parte superior.

Además, está dividido en su parte longitudinal, en el centro,
formando así dos secciones iguales que se podrán abrir para desalojar
el núcleo una vez construido.

Las dos paredes que forman el molde, están cubiertas de perforaciones en toda su extensión.

Dicho molde gira en una máquina y en su hueco se enrolla el material que lo formará.

Este material lo vi de tres tipos, a saber: una manguerita o tubo de igual diámetro que un lápiz.

Allí era de un plástico especial, pero bien podía ser del hule que conocemos.

El tipo que le seguía, era la misma manguera, ahora reforzada
con fibra, por lo que tenía mayor resistencia, y le seguía otro de un
material no hueco pero tampoco sólido.

Era un cordel o soga del mismo diámetro que los anteriores.

Estaba construido de fibras quizás de henequén, lechuguilla,
jarcia, o cualquier otro material fibroso, torcido naturalmente y
tratado químicamente, para que acepte una envoltura, allá de plástico,
aquí de hule, al igual que las fibras que forman el casco de nuestras
llantas.

Pues bien, una vez lleno el molde con ese material,
naturalmente siempre con la misma tensión, cantidad y peso, entra con
todo y molde al proceso de cocimiento, con objeto de lograr una unidad
compacta que no se deshaga al retirarla del molde.

Cuando está terminado el núcleo, ambas secciones giran en
sentido inverso sin retirarse del material y así es cómo se despegan
del núcleo sin deteriorarlo.

Logrado lo anterior, tenemos ya la base para una buena llanta semisólida y confiable.

Después de esta pasamos a la construcción de una malla de
metal, que se encargará de aumentar su resistencia y conservar su
forma.

Hay una máquina que teje dicha malla de la circunferencia
exterior de nuestro núcleo y, conforme se teje, van entrando en ella
dichos núcleos, acompañado de un espaciador que contiene una ranura en
la mitad de su extensión.

Esta es necesaria porque en su camino pasa por una cortadora
circular, que se encarga de dividir en cada núcleo solo el material
necesario.

Poco después de cortada la malla, los núcleos se separan de
los espaciadores, siguiendo éstos un camino y entrando los primeros en
unos canales que se profundizan cada vez más hasta lograr que dicha
malla se adhiera a las paredes laterales, formando una abertura fija y
segura.

Luego pasan a recubrirse del material que formará el piso, en
nuestro caso hule; después a los moldes que les marcará el dibujo de
rodamiento.

Ellos las usaron lisas, pero sigamos con el proceso.

Una vez terminada nuestra llanta de esta manera, no la
podremos montar en nuestro tipo actual de ruedas, que son hechas para
usarlas con cascos vacíos y poner presión después de ser montadas.

Pero podemos usar con ventaja el procedimiento que ellos
usaron o sea dos discos de lámina de buen espesor, troquelados con la
forma de la llanta y unidos por el centro sobre ella terminada,
concluyendo con los agujeros necesarios para cualquier tipo de
automóvil.

Podríamos reemplazar con unidades completas de este tipo nuestro actual e inseguro sistema de rodada.

Como ven, esos discos se pueden terminar con la mayor belleza, que lo haga dignos del automóvil más fino.

Tiene este sistema algunas ventajas y la principal es el recambio, desgastadas por recubiertas.

En nuestro mundo esto resultaría toda una industria.

Ellos ahora usan motores en forma de rodillos que trabajan a la inversa de los nuestros.

Nosotros hacemos rodar el centro o masa embobinada.

Ellos, la cubierta o portacampos, y fijan el eje.

Como ustedes ven, no es mucha la diferencia en este aspecto.

Ahora pasemos a sus naves aéreas.

Ellos me habían asegurado que el principio que nosotros
usamos para volar no es el debido, pues nuestras naves no solo son
frágiles e inseguras, sino que dependen de combustible para su
propulsión, que además de aumentar su volumen reduce su radio de
acción.

Que debemos buscar la forma de construir máquinas que usen las fuerzas que nos rodean, que son vastísimas.

Que elles, en cada nave, traen pequeñas pero poderosas fuentes de energía.

Que aprovechan el calor al igual que el frío, la luz lo mismo
que la oscuridad, líneas magnéticas al igual que tormentas eléctricas.

El principio de sus maquinarias, en todas sus naves, es el mismo y solo varía su disposición.

Trataré de descubrir el proceso de construcción de una nave
circular pequeña, o sea la que comúnmente se la llama en nuestro mundo
platillo volador.

Lo primero que vemos es la base o sea la parte inferior.

Viene en bruto.

Se ve la enorme circunferencia hueca: se ven también sus tres cavidades, donde recibirá las huellas de sustentación.

También trae cinco bases que alojarán otras tantas chumaceras
selladas, maravillosas por cierto, a las que les inyectan un material
líquido, no natural, producto de laboratorio muy parecido al estaño.

Cada chumacera alojará el extremo de un eje vertical.

En esta habrá cinco de ellos y en cada uno rodarán volantes grandes y esbeltos unidos a otros pequeños.

En tres de estos ejes, están alojados cinco de los grandes volantes; en los dos restantes solamente cuatro.

Dichos volantes grandes terminan en ángulo agudísimo, que se
alojará en una ranura del mismo diámetro en que está convertido el
volante pequeño.

Esa parte aguda de que hablo está cubierta de pequeños
círculos, que muy bien pueden ser bobinas, pues los pequeños que los
alojan están cubiertos a su vez de barritas, dispuestas en ángulo a su
alrededor.

A esta operación sigue la colocación de las fuentes de
energía, que serán también cinco y tienen la forma de un recipiente
para asar pavos.

Todo está debidamente unido.

Ahora sigue la escala interior en forma tubular.

Va alojada entre dos series de volantes y ya todo dispuesto de esa manera, colocan la tapa central.

Llega entre cuatro patas motorizadas que giran, suben o bajan, a voluntad de los operadores.

Esta tapa trae a su vez las chumaceras debidamente colocadas y
embona perfectamente en ejes, escala y parte inferior de la nave.

Ya tenemos el cuarto de máquinas que impulsará esta nave.

Aunque esta es la parte más laboriosa, todo se ejecuta con precisión y facilidad.

La misma máquina que traía la tapa central alza ahora todo el
conjunto, y así facilita la colocación de las boyas de sustentación.

Estas tienen que ser fijadas con precisión, pues cuando no
son necesarias giran perdiéndose en sus cavidades, dejando una
superficie continua con el resto de esta parte de la nave.

Estos aparatos cuentan con dos tipos de escala, la circular
que puede descender por abajo de la nave y otra cortada en la parte
inferior de ésta; pero que coincide con la anterior, que es la que
lleva a la parte alta de la nave convertida en cuarto de controles.

La parte superior, que también llega en una grúa de cuatro
patas motorizadas, al igual que la tapa central, trae su cuello o
corona, como le queramos llamar.

Este cuello tiene ventanillas redondas a su alrededor, sube y
baja a voluntad, y al bajar deja al igual que las boyas de
sustentación una superficie lisa prolongando la forma de la nave,
oblonga si la vemos de perfil.

Estas ventanillas no son de observación directa, sino pantallas captadoras para diferentes usos.

Y ya está terminada la nave.

Vemos entrar a los técnicos que lo pondrán a funcionar todo; pero falta lo más importante.

Aquí la nave se mueve ya a voluntad de sus tripulantes.

Sube, baja, acciona de diferentes maneras y a diferentes ángulos, pero está inerme.

A través de nuestro punto de observación o mirilla, la
seguimos en sus movimientos y la vemos acercarse a otro departamento,
donde hay una especie de tinacos tubulares de una capacidad de
doscientos litros aproximadamente.

Uno de estos se separa del grupo y va al encuentro de la nave, que se acerca a poca altura hasta quedar sobre dicho cilindro.

Todo se ha movido sin la intervención directa de hombres.

Desciende lentamente la nave hasta dar la sensación de haberse tragado el cilindro.

Cuando de nuevo se levanta, ya lo lleva en su vientre y solo
queda en el piso la pequeña plataforma en que se movía aquél,
regresando ésta lentamente a su departamento.

Se imaginan qué era este cilindro? Pues nada menos que una
arma terrible que puede desintegrar todo, absolutamente todo, a
cualquier distancia concebible y produce además vibraciones capaces de
deshacer edificios en solo unos minutos.

El grueso de las paredes de la nave, tiene más de diez pulgadas.

El material es transparente, teniendo mayor visibilidad la
parte inferior en la que, en algunos casos, se ven girar los volantes
de sus maquinarias, y son estos volantes los que producen
luminiscencias que aumentan o disminuyen de intensidad según la zona en
que operan.

Estos volantes giran a diferentes velocidades y son los inferiores los más lentos.

Nuestra nave, a la que le hemos seguido los pasos, está semi terminada y ahora solo falta pulirse.

Para este proceso final la vemos flotar suavemente y hacer
rumbo a otro departamento, hasta llegar y situarse en el centro de una
gigantesca máquina, provista de una serie de discos que giran a grandes
velocidades, moviéndose en todas direcciones hasta cubrir totalmente Ia
nave, haciéndola desaparecer de nuestra vista.

Cuando termina esta operación, nuestra nave está flamante y lista para entregarse a toda clase de pruebas.

Sale al espacio libre y se la hace evolucionar de manera increíble.

De acuerdo con nuestra mentalidad, solo viendo estas maravillas las puede uno creer.

Las naves tubulares tienen dispuestas dos series de volantes a
todo su largo y llegan a tener, según la longitud, hasta veinte de
ellos de cada eje y de grandes dimensiones.

Una de las características de esas naves es, según mis
amigos, a los que pregunté si no perdían algunas en sus incursiones a
otros planetas, fue que han perdido algunas, pero que las hacen estallar
cuando están dañadas siempre en el mar, después de recoger a sus
tripulantes, con el objeto de evitar que los restos caigan en manos
ambiciosas, y en todas, absolutamente en todas, su maquinaria la forman
volantes de diferentes diámetros según el tamaño de la nave.

Creo que ese será al fin el principio que nosotros usemos
para propulsar vehículos independientes; pero hay una cosa notable que
puede servir de dato a nuestros sabios y es ésta: Según el tamaño de la
nave es el número de volantes el diámetro de estos y el número de
fuentes de energía.

Con el antecedente que el tamaño de esas es pequeño, como
dije antes, no mayor que un recipiente para asar pavos y la parte
exterior o tapa está recubierta de pequeñas perforaciones.
http://www.samaelgnosis.net/libro/html/venus/capitulo_05.htm
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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:28 pm

CAPITULO 6


Ahora, siguiendo la narración, vamos a dar un vistazo al proceso de preparación de sus alimentos.

Lo vamos a dividir en dos partes, porque así es,
efectivamente, pues resultan independientes, o sea que una de las
materias primas viene del mar, la otra de las azoteas-huertos; pero
derivan al mismo lugar o sea a los laboratorios.

Empecernos por el mar: son grandes fábricas flotantes y cada
una de ellas cuenta con corrales formados por mallas que las circundan a
gran profundidad; pero hay un lugar del que rara vez se alejan los
enormes peces.

Viene a ser algo así como un abrevadero para las bestias en nuestro mundo, solo que aquí se trata de una zona oxigenadora.

Y es aquí donde atrapan a los peces para su estudio y alimentación.

En esta misma zona les sirven alimentos que se componen de
dietas especiales, que debe darles un magnífico resultado, pues no creo
haber durado menos de una hora observando esa maniobra desde una de las
mirillas del edifico y no vi que llevaran al sacrificio a un solo
pescado que midiera menos de dos metros y sí los vi de más de cuatro.

Tampoco los vi de diferentes formas, digamos, tiburones, mantarrayas u otras especies.

Todos los que vi manipular tenían la figura de un salmón gigantesco de carne blanca y sugestiva.

Estos enormes pescados pasan por todo un proceso que me pareció maravilloso, que termina convertido en harina impalpable.

Y ya tenemos una de las materias primas.

La otra materia viene como ya dije de sus azoteas-huertos.

Pero expliquémoslo.

Ellos han desarrollado un tipo de fruta, la que generalmente
es redonda y no mayor que una naranja pequeña como la papaya y el
miguelito y todas las frutas carnosas, pero sin fibra.

Sus envolturas son delgadas como la de las ciruelas y no tienen hueso.

Ellos me lo aseguraron antes de comprobarlo yo.

El proceso de esas frutas termina también en harina impalpable.

Ambas materias son de nuevo convertidas en líquidos, para ser
transportados por tubería hacia los laboratorios y de ahí a los
lugares de aprovechamiento.

Y fue también en un edificio de estos donde vi el proceso de construcción de sus edificios.

Me habían asegurado que en aquel mundo había más individuos
de mi raza y, llegábamos a recabar informes de ellos, cuando al entrar
me di cuenta que el edificio estaba creciendo o despegándose del piso.

Me explicaron que solo estaba aumentando pisos, que eso lo
hacían a la inversa de nosotros, cosa por demás lógica, pues ellos usan
sus azoteas como huertos y campos de aterrizaje.

Para que viera el procedimiento al natural me llevaron al sótano que es donde se lleva a cabo la operación.

Me di cuenta que dicho sótano no es más que una calle
subterránea por la que transita un tipo especial de vehículos que
sirven para mover materiales dedicados a la construcción, y es por estos
sótanos por donde corren gruesas tuberías negras, por las que
transportan alimentos, ropa y todo lo necesario para el uso de sus
habitantes.

Pero sigamos con el edificio.

A todos los sótanos los atraviesan unas columnas como de
veinte pulgadas de grueso y son estas las que forman el armazón de los
edificios.

En el lugar en que nosotros estábamos está todo listo para aumentarlo.

En cada una de las columnas está colocado un gato, que tiene
la forma de media caña y abrazada la columna, asegurándose a esta por
medio de una ranura con un saliente que tiene dicho gato o prensa.

Estos se componen de varias secciones interiores, son neumáticos y se conectan entre sí con uniones flexibles.

Cuando todo está listo, desde una pequeña máquina aplican la fuerza a todas las prensas y el edificio se levanta sobre ellas.

Los tramos de columnas, como de dos metros de largos y veinte
pulgadas de grueso, son macizos y tienen en cada esquina un
acoplamiento que ajusta con precisión.

Son sumamente livianas, hasta el punto de que yo cargaba una con suma facilidad bajo el brazo.

Colocan una a una en cada agujero descubierto al levantar el edificio y allí quedan firmes.

Quitan la fuerza a los gatos y el edificio baja y queda aumentado.

Entran en función los rellenadores, colocan la caja de los
elevadores, que dicho sea de paso tampoco son como los nuestros, pues
son unidades autónomas provistas de rodillo en sus costados, que ruedan
en un cubo que es de una pieza y lo acoplan en secciones, al igual que
las columnas.

Por lo tanto no usan los estorbosos y además peligrosos cables.

Cuando toca su turno a la parte exterior, solo deslizan la
cubierta en forma de arquería, y el hueco que queda desnudo proceden a
rellenarlo.

Salen unos aparatos patrones, cargando un rodillo de material cada uno.

Dicho material es de ancho de lo descubierto.

Resulta todo un espectáculo ver a un hombrecito colocado
cómodamente en un asiento que forma parte de algo que parece una araña
gigante y de una maniobrabilidad asombrosa, acercarse con seguridad
hasta el lugar preciso con su rollo de material.

Otro hombre montado en un aparato similar, pero sin rollo
alguno, solo provisto de un pequeño aparato que sujeta con una mano, y
con la otra ajusta al extremo del material en el lugar donde va a
soldarse, porque eso es ni más ni menos lo que hacen.

Con los pies mueven los controles de su aparejo, que lo sube y baja en su cómodo asiento.

Cuando quedó el extremo del rollo sujeto, los dos aparejos
caminan, uno llevando el rollo y el otro soldándolo en su lugar y así,
en menos tiempo del que tardo para relatárselo, queda todo terminado.

Pues bien, todo lo que vi aquí al natural lo vi de nuevo en uno de los edificios de control.

Aquí en forma de proyección, que estudia el trabajo realizado desde diferentes ángulos.

Algo que resulta verdadera mente maravilloso por lo detallado.

En este mismo edificio de control, localizaron y se pusieron
al habla con los dos terrestres con quienes se habían propuesto
entrevistarme, lo que pone de manifiesto el grado de eficacia en sus
comunicaciones.

Según lo comprobé después, dichos individuos estaban al otro lado del mundo, corno si dijéramos de México a China.

Se enteraron que no eran españoles sino franceses y que tenían viviendo allá unos cinco años de nuestro mundo.

En un edificio de estos también pude admirar algo que me llamó la atención.

Se trataba de algo relacionado con su pasado en cuestión de transportes y alimentación.

La primera se refería a una bola transportadora, y fue el tipo que culminó en eficiencia y rapidez.

Después de ella vino el transporte aéreo para cubrir grandes distancias y este medio pasó a la historia.

Se trataba de una bola gigante, mayor que la nave esférica que usamos.

Está dividida en tres secciones y las dos uniones que cierran la esfera son la superficie de rodamiento.

Circulaban en unos canales que alojaban más de la mitad del transporte.

Debe, por razón de su enorme circunferencia, haber alcanzado velocidades tremendas, pues sus rieles son sumamente lisos.

Pero no para ahí la cosa, sino que a este medio de transporte
se le podía llamar velocidad por inercia, pues no usaban propulsión de
naturaleza alguna.

Mis amigos me hicieron una demostración con un modelo pequeño
y lo vi subir una altura de cuatro metros, y hubiera subido quinientos
si no terminara allí la demostración.

Las estaciones de parada son cubos del mismo diámetro de la bola, parando por la acción del tire que comprimen dentro de él.

Este cubo o túnel está provisto de compuertas y válvulas para dar salida al aparato.

Otra cosa que me llamó la atención fue el medio primitivo que usaron para proveerse de legumbres, en tiempos remotos.

Ellos me habían dicho que hubo un tiempo en que cultivaron mayor número de legumbres de las que nosotros conocemos.

Así, cuando hubo oportunidad, les pregunté si no había manera
de conocer los medios de que se valían para lograrlo, y como ya
teníamos poco tiempo disponible entramos a un edificio de control
buscando una reproducción de aquel antiguo medio.

Me aseguraron que lo que vería allí en modelo me lo mostrarían al natural si había tiempo.

La reproducción trataba de una noria, la que podían perforar a la profundidad que quisieran o fuere necesario.

En la pared de esta noria hacían cortes en circunferencia,
dándole forma de ángulo o repisa a lo que sería el techo del corte
plano de abajo y también el piso y sostén de la superior.

Este sistema de cortes en sección parecía un grupo de conos puestos uno sobre otro con la parte angosta hacia arriba.

Este tipo de hortaliza tenía varias ventanas, siendo la
principal que las ponía a salvo de los quemantes rayos del sol, pues,
según ellos, estuvieron en uso cuando todavía no aprendían a protegerse
debidamente de los rayos del sol.

La segunda ventaja era que en una superficie pequeña lograban
una gran producción y con poco esfuerzo, ya que desde tiempos
primitivos usaron un eficiente sistema de elevadores y según mis amigos
hubo norias de estas que tuvieron centenares de pisos o cortes.

Ahora voy a tratar de relatar algunas cosas relacionadas con el mar.

Empezaré por algunos modelos de barcos.

Decía antes que los que vi allí no se parecen gran cosa a los
nuestros y más de una vez he pensado que es muy posible que la
diferencia sea necesaria debido a que su agua o líquido donde tenían que
flotar sus embarcaciones sea o más densa o más delgada, cosa que
entonces no pensé porque se lo hubiera preguntado a mis amigos.

Había un modelo cuyo piso plano semejaba más un lanchón
rudimentario de lento bogar, que un navío construido para alcanzar
grandes velocidades.

Este tipo fue el diseñado para carga y se compone de galerías
que corren a todo su largo, habiendo entre una y otra galería una
pared hueca hermética, apanalada, cuyas secciones están rellenas de un
material flotante, y había tantas paredes de éstas como ancho fuera el
barco.

La forma exterior de estos es ahusada en sus extremos, como
si uno de nuestros buques lo acostáramos sobre uno de sus lados, o
todavía mejor como si dos de nuestras embarcaciones las acostáramos y
uniéramos por su parte abierta y esa es, ni más ni menos, la forma de
aquellas naves.

No hay peligro de naufragio pues, como dije, tiene paredes flotantes, tanto exteriores como interiores, en abundancia.

Este tipo de embarcación no se limitaba al mar, pues estaba
construido de tal manera que, terminada la travesía marina, seguiría
tierra adentro, pues todo el piso exterior está cubierto de rodillos
propulsores dispuestos en canales horizontales y entre éstos asoman
bocas por donde sale a presión agua para propulsarse sobre líquidos,
formando una unidad independiente cada rodillo, que a la vez también es
la bomba, advirtiéndose sin esfuerzo el doble cometido de cada una de
las unidades.

Este tipo, como ya dije, lo hubo en todos los tamaños imaginables; pero siempre guardando el mismo estilo.

Toda la parte superior o techo está cubierto de compuertas
por donde se cargaban, usando grúas que cubrían con sus plumas toda la
extensión.

Estas naves tuvieron un cometido muy importante en la
alimentación del pueblo, pues en ellas se transportaba el pescado, base
de su alimentación, y para que lo comprendamos mejor, antes de
describir otro tipo de embarcación, voy a hacerlo con las habitaciones
marinas.

Dichas habitaciones marinas se componían de una serie de tubos sellados en sus extremos.

Estaban dispuestos unos junto a otros, formando una extensa tarima o balsa unidos entre sí por piezas especiales.

Sobre estas tarimas había un piso de malla resistente y sobre
él las habitaciones en forma de burbujas distribuidas convenientemente.

En la misma forma contaban con un patio donde criaban aves
comestibles y cultivaban legumbres desarrolladas especialmente para ese
medio.

Tenían en el centro de estas tarimas flotantes, pequeñas
torres con las que indudablemente estaban en comunicación con los de
tierra o sus vecinos, pues había, según mis amigos, colonias
perfectamente distribuidas.

Cada unidad de éstas contaba también con una pequeña
embarcación para pescar en grande, pues cada vivienda tenía a su vez un
tanque de forma especial, flotante, donde depositaban su producto, en
espera de las grandes embarcaciones que pasaban a recolectarlo en forma
por demás práctica.

Como los tanques aquellos estaban dotados de orejas
especiales, en la parte superior, la embarcación solo alargaba la pluma
de su grúa alcanzado el tanque llevándolo a cualquiera de sus
compuertas superiores, movía una trampa que tenía como piso el tanque y
vaciaba el contenido regresando el tanque a su lugar.

Entre estas colonias había embarcaciones que se dedicaban a
visitarlas, proveyéndolas de los productos que no producían en sus
huertos flotantes.

También hay un tipo de torre marina que estuvo en uso antes
que cubrieran su mar con edificios y las usaron para radio y televisión
en los albores de esta ciencia. Se componen dichas torres de una
armazón en forma de conos unidos por su base, llevando en la unión, o
sea en el centro de la torre, una masa de flotador”, en los que
basculaba ésta.

Dichas torres estuvieron alineadas marcando con señales todas
las rutas que siguieron sus embarcaciones cuando su mar estuvo
despoblado.

Y no solo servían de señales sino que sus elementos
flotadores estaban egrivertidos en estaciones de recreo para viajantes
marinos.

Estaban provistas de contrapeso y ancla.

Dicho contrapeso las mantenía verticales.

Se usaron, entre otros, dos tipos de anclas, una en forma de
esfera erizada de lancetas, que se proyectaban o recogían dentro de la
bola a voluntad de los operadores; el otro tipo que más se usó le
podríamos llamar Rabo de puerco, pues de eso tiene parecido.

Está provisto de una barrena en su extremo más grueso para
penetrar a profundidad dentro del lecho marino, y una vez a determinada
profundidad, se erizaba de espigas impidiendo el retroceso.

Tanto en este tipo corno en el anterior, las espigas o
lancetas se operan a voluntad desde la embarcación con impulsos
eléctricos.

No usaban cadenas de metal ni de ningún otro material ferroso de los conocidos por nosotros.

Reemplazaban a estos algo que podríamos llamar plástico, y se
componían de gran número de tubitos unidos entre sí, aumentando el
grosor del material de acuerdo con la cantidad de tubos que la componen,
al igual que un cable de los nuestros, compuesto de alambres delgados,
unidos , pero sin torcerlos .
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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:30 pm

CAPITULO 7


Ahora pasaremos al tipo elegante de embarcaciones.

Estas fueron, también la culminación del sistema marítimo,
naciendo ahí los diferentes tipos de naves aéreas que ahora usan y que
en verdad tienen gran parecido.

Voy a tratar de describir este elegante tipo de embarcación.

Hagamos de cuenta que tomamos dos, como mínimo, pero también
tres o cuatro cuerpos de nuestros modernos aviones, los tendemos
paralelos y separados, y sobre ellos pongamos una de las modernas naves
circulares que ellos usan y el resultado es una de sus fantásticas
embarcaciones de lujo, especie de insoñado y fantástico catamarán.

Indudablemente que deben haber sido hermosas y eficientes;
pero de ahí nació el transporte aéreo para ese diseño, ya que sus
actuales naves aéreas tienen parecido no solo con los cuerpos inferiores
de dicha embarcación marina, sino que también la parte superior tiene
gran parecido con sus modernas naves circulares gigantescas.

Y antes que se me olvide, voy a relatarles algo de suma importancia y que resulta vital para este mundo estandarizado.

Se trata de sus sanitarios.

No hay un solo edificio que no esté provisto de ellos.

Están alojados entre arco y arco, en los entresuelos de todos.

Cuando nadie los usa, están a la vista; pero basta que una
persona invada una superficie de metro y medio a su alrededor, para que
desaparezca dentro de un muro de intensa oscuridad, como las que
protegen las camas en los dormitorios.

La superficie tiene la forma de un mango, me refiero a la
fruta que conocemos; tiene en la parte superior un corte en forma de
ovoide agudo.

Se usa a horcajadas y ajusta con precisión.

Es de un material semiblando.

Para el aseo, está provisto en su costado derecho de una
pequeña oreja que, oprimiéndola hacia abajo, descarga una lluvia menuda
e intensa que no solo asea, sino que también refresca, y jalando la tal
oreja se forma un vacío que seca perfectamente.

Y ahora sigamos nuestro camino en busca de los terrestres.

Teníamos que tomar un tipo de nave diferente a las que ya
conocía para ir en su busca, pues al parecer estaban al otro lado de
aquel planeta; pero aquí las distancias no tienen importancia.

Para llegar a un edificio que contuviera en su azotea a estas
naves, tuvimos que abordar un autobús, o como le queramos llamar, “y
aquí fue Troya”, pues los asientos estaban en tal forma que los pies
los llevaba uno metidos en el respaldo del de enfrente; pero yo, además
de los pies, tuve que meter la cabeza y rogaba a Dios llegásemos a
nuestro destino.

Nos apeamos y por un pasillo subterráneo, en el que tenía que
ir cuidando mi cabeza, llegamos a una banqueta; de ahí al entresuelo
de un edificio; éste era una biblioteca, pero no paramos sino que
seguimos a la azotea.

Mis amigos me prometieron que al regreso la conocería. En
esta azotea había tres naves. Eso me aseguraron que eran. Para mí solo
resultaban tres gigantescas y brillantes pelotas que no creo que
tuvieran menos cinco metros de circunferencia.

Caminamos por un pasillo, entre pequeños y olorosos árboles y gruesos postes negros, donde estaban posadas las naves.

Cuando estuvimos cerca, un tubo descendió por el centro de la
nave, se corrió una sección, dejando al descubierto una serie de
escalones semi-circulares, por los que subimos, hasta llegar a la mitad
superior de la nave.

Este elevador forma parte de la cabina de controles.

En forma circular, formando parte de la pared exterior, hay
asientos con respaldo y sujeción para las piernas y el abdomen, en los
que yo quedaba por razón natural de mi volumen más ajustado que mis
compañeros, pero sin sentirme molesto, pues el material empleado para
asientos, respaldos y sujetadores era sumamente elástico.

A mí me parecían blocks de hule esponja.

Dentro de la cabina había un hombre, pues a pesar de que
visten igual que las mujeres hay un ni sé qué que hace totalmente
diferentes sus facciones, dándoles un aire en el que se advierte una
indudable presencia masculina.

Mis amigos algo dijeron en su idioma, bronco y desagradable,
al oído del tripulante, y éste, después de observar que estábamos
adecuadamente sujetos, maniobró e inmediatamente ganamos altura en forma
vertical.

La nave era de un material transparente, casi como el cristal y se advierte que sus paredes son gruesas.

Es su espesor lo único que hace aparecer lo visto al exterior
algo ligeramente difuso, como si viéramos a través de un block de
medio metro de grueso del vidrio que conocemos.

Llegamos a determinada altura, nuestra nave se desplaza a una velocidad de vértigo.

Inmediatamente me mareo, cosa que no me había sucedido.

Mis amigos voltean a verme solícitos y me aconsejan que
recargue la cabeza en el respaldo cerrando los ojos y que aspire con
mayor fuerza mi “puro” de goma, conteniendo la respiración por las fosas
nasales y, cosa rara, luego me sentí bien.

Mis amigos me explicaron que el aparato que tenía en la boca
era una especie de filtro, que aligeraba mi respiración suministrándome
a la vez oxígeno, y es que dentro de aquella pequeña nave el ambiente
resultaba pesado para mis pulmones.

Por fortuna pronto pasó.

Pasamos por una extensísima zona, donde todas las
construcciones estaban dispuestas en forma circular, pero el color o los
colores de sus edificios eran similares a los que conocimos.

Mis amigos me explicaron que se trataba de una especie de
ciudad infantil, de un hogar colectivo, y me fueron detallando desde la
zona de maternidades, que eran las de los círculos exteriores, hasta
llegar a los círculos centrales.

Cada edificio está circundado de vastas extensiones libres, convertidas en parques de recreo.

Dentro de esta zona se vive la vida normal del resto del mundo.

Me hubiera gustado verla detalladamente, pero creo que no
había tiempo suficiente o creyeron que no tenía mayor importancia para
mí.

Volvimos a tomar velocidad, para poco tiempo después volar
sobre otra zona, similar a la anterior en su distribución, pero
diferente en su aspecto.

Era un conjunto de edificios plateados, relucientes, en los
que los rayos proyectados desde el cielo chocaban, fragmentándose en
miles de ellos, que se esparcían en todas direcciones, dando al
conjunto una visión maravillosa.

Era nada menos que una zona de investigaciones.

Descendimos lentamente porque el lugar está infestado de
naves de todas formas y tamaños y se cruzan a diferentes alturas y
velocidades, Aquello resultaba maravilloso, espectacular.

Conforme descendíamos, se veía en detalle.

Aquello se convirtió en un espectáculo tan maravilloso que no creo que haya imaginación que lo conciba.

El simple hecho de perder altura lentamente me daba la sensación de estar pendiente de un paracaídas.

Se empezaron a distinguir unos puros gigantescos,
fantásticos, negros, relucientes, del mismo color de la gigantesca nave
circular que nos llevó a aquel mundo maravilloso.

Pero resulta increíble: dichos puros eran lo menos cuatro veces mayores.

Nos posamos suavemente en la nariz de un monstruo de aquellos.

Descendimos por la misma escalera, pero ahora no habíamos
bajado el tubo que la contiene, sino que se abrió una sección frente a
ésta, en la misma forma que en nuestra pequeña nave, la primera que
abordé, contrariando mi propio temor, que ahora al recordarlo solo me
parecía un sueño fantástico.

El lugar donde estamos, o sea, la nariz de este coloso, es plano, cubierto en toda su longitud de angostas venas.

No hay lugar a donde dirija la vista que no esté cubierto de estos monstruosos aparatos.

Calculo que no tienen menos de cuatrocientos metros de largo y unos cincuenta de grosor.

Es tan fantástica la visión que pienso que, sí en nuestro
mundo apareciera de repente un tipo de estos, sembraría el pánico
irremisiblemente, quizá con perfiles de tragedia.

Mis amigos me aseguraron que eran naves nodrizas y que
estaban seguros de que me resultaría interesante saber cuál iba a ser
su destino.

Me iban a conceder el privilegio de conocer los intestinos de uno de ellos.

Frente a nosotros se levantó una tapa como de veinte metros
de largo y treinta y cinco de ancho, descubriendo frente a nuestra
vista un tobogán.

Dentro había tanta iluminación como en uno de los edificios que había visitado.

El tobogán está cubierto por canales o rielamientos que se adentran en aquella cueva alucinante.

La parte alta de estos abultados rieles son lisas y pulidas; pero los canales son amortiguantes, como una gruesa alfombra.

Por un canal de estos nos internamos, y no tengo palabras para explicarles la sensación que me invadió.

Me resultaba más impresionante que cuando entramos en la nave circular anclada en el espacio, allá en mi lejano mundo.

Pero la sorpresa estaba más adelante.


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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:30 pm

CAPITULO 8


Caminamos unos cien metros hasta encontrarnos con dos grandes
círculos como dos grandes, fantásticos y redondos ojos de una fiera
mitológica.

Ojos saltones y abultados, como dos cúpulas de iglesia proyectadas hacia nosotros.

Pero aquello que en la oquedad inmensa de la enorme bóveda,
que se podía fácilmente imaginar como los redondos senos de una
fabulosa mujer, no eran otra cosa que dos naves.

Ni más ni menos, naves que al decir de mis amigos, eran
automáticas, que no necesitaban tripulación de naturaleza alguna, que
se podría decir, sin incurrir en exageraciones, que eran grandes
cerebros electrónicos que estaban provistos de gran número de ojos,
oídos y narices.

Estaban destinadas a las exploraciones, en las que no solo
captarían sonidos y tomarían imágenes, sino que absorberían muestras de
las materias que tuvieran a su alrededor.

Aquella gigantesca nave que las contenía era la indicada para llevarlas a sus objetivos.

La que estábamos visitando tenía dos hileras de sesenta naves
automáticas que hacían un total de ciento veinte y había en esa zona
de investigaciones miles de aquellas gigantescas y raras naves de
cabeza en aguda V.

¡Cómo he lamentado poseer tan pobre instrucción, y cómo
hubiera deseado tener la capacidad suficiente para relatar esta
maravillosa oportunidad que el destino me brindó! Pero, qué le vamos a
hacer, algunas personas me consuelan diciéndome que hay que conformarse,
pero para mi desgracia soy un tipo inconforme, que lucha contra las
burlas de mi destino.

Bueno, para no seguir lloriqueando, vamos a reanudar este paseo.

En uno de los edificios que estaban bajo el vientre de aquella gigantesca nave salimos a la azotea.

En esta zona no hay árboles, ni espigas o postes, sino que las naves descansan en el macizo de la azotea.

Abordamos el elevador, descendimos a uno de los pisos intermedios.

Como los terrestres trabajaban y vivían en esta zona, mis amigos los habían citado al edificio aquel.

Inmediatamente que los vi reconocí en ellos al producto anacrónico de nuestro mundo de feos.

Y ahora que tenía la oportunidad de comparar a mis amigos con un tipo similar a mí, más grande era el contraste.

Chaparros, deformes, desproporcionados, así eran mis huéspedes.

En fin se trataba de dos hermanos gemelos, hijos de un
matrimonio formado por un individuo de nacionalidad francesa y una dama
española, nacidos y criados en una posesión francesa al otro lado del
Mediterráneo.

No hablan español, pues quedaron huérfanos de madre muy pequeños y solo asimilaron el idioma paterno.

Tienen buena estatura, de acuerdo con las medidas de nuestra
raza, y es curioso observarlos junto a los pequeños y pulcros
habitantes de aquel fantástico mundo, pues mientras éstos tienen su
cuerpo limpio de pelo, llevándolo solo en la cabeza, nuestros
coterráneos semejan orangutanes en su presencia.

El cuerpo lo tenían materialmente cubierto de pelo y solo la
cara conservaban limpia, gracias a una crema que inventaron, que usan
para rasurarse.

El pelo en el resto del cuerpo está adquiriendo un tinte plomizo.

En la cabeza lo usan igual que las gentes entre quienes viven
y, aunque son bastante bien parecidos, la desproporción con lo que les
rodea es notoria.

Son indisciplinados, pues no visten como el resto de la
población, llevando tan solo un calzón corto por toda indumentaria,
alegando encontrarse incómodos vistiendo al igual que las demás gentes.

Me aseguraron a través de la interpretación de mis amables
cicerones que llevaban más de cinco años viviendo allí, a donde solo
habían ido de visita y se vanagloriaban asegurando tener unos pulmones
maravillosos que en poco tiempo los adaptaron al denso clima de allí.

Asegura también haber peleado en la guerra pasada y que ahora les parece estúpida nuestra forma de vida.

Les pregunté si habían logrado aprender el idioma de aquel
mundo y me contestaron riendo que ni una palabra comprenden, pero que
ya habían logrado que todos en el edificio aquel aprendieran el
francés.

Nos despedirnos de ellos y regresamos a nuestra esférica nave por el mismo camino.

Yo me había quedado intrigado con la biblioteca y pedí a mis
amigos que me llevaran a visitarla; pero ellos, con suma cortesía, me
indicaron que lo teníamos que dejar para después, porque ya era tiempo
de comer y descansar, así que volvimos al edificio donde habíamos
iniciado este al parecer pequeño viaje.

De nuevo me conformé con dar un solo vistazo al interior de la biblioteca, cuando descendíamos.

Esta vez no tomamos ningún medio de transporte de piso, pero
en este fantástico modo de vivir lo mismo da meterse en un comedor o en
un hotel de un determinado lugar, que hacerlo en otro a miles de
kilómetros más allá.

Por lo tanto, caminamos algunas calles hasta encontrar un comedor.

Satisfechos con tan riquísimos alimentos, estuvimos algún
tiempo fisgando y admirando pequeñeces que mis amigos, contra la
costumbre que observan casi todos ellos, me perdonaban.

Salimos de nuevo a la calle.

El grado de luz natural no decrecía y tampoco aumentaba.

Resulta novedoso eso de ver gente que a todas horas entra y sale a toda clase de lugares.

No se ve algún aparato, ni nadie lo usa, algo que pudiera medir el tiempo; pero esto no tiene importancia.

Si uno tiene hambre entra y come y si tiene sueño entra y duerme.

Si tiene deseos de divertirse, lo hace.

Nadie fiscaliza, según mis amigos.

Con cinco minutos de cada hora que vivan, que los inviertan
haciendo algo en beneficio de la colectividad, es suficiente pago para
aquel cúmulo de comodidades.

Pues bien, saboreando lentamente el espectáculo que me
rodeaba, me dejé llevar de mis amables cicerones que, con interés poco
común en nuestro medio, me atendían hasta en los más mínimos detalles
por lo que por momentos hacía sentirme insignificante, dándome la
impresión que solo me daban cuerda a ver si me engrandecía y me hacía el
importante.

Algunas veces, apenado, les pedía que me dijeran si me
portaba inadecuadamente a sus costumbres, pero ellos casi siempre me
contestaban que estaban felices de andar conmigo y observar mi modo de
ser y reaccionar ante todo lo que veía.

Por fin llegamos a un edificio, hotel, o dormitorio, o como le queramos llamar.

Mis amigos me explicaron que había tres tipos: para solteros,
para solteras y para matrimonios, y que no se diferenciaban gran cosa
entre sí.

Aquí, al igual que en los otros que he visitado, hay dos
costados cubiertos de elevadores y dos cubiertos de arcos y paso libre,
frontales, en los entresuelos, pero encuentro una diferencia: en los
costados donde están situados los elevadores y en un espacio como de dos
metros, y a todo lo ancho del edificio, hay tantas hileras de pequeños
focos como pisos tenga el edificio y cada foco marca un pasillo, pues
allí no se usan cuartos.

Nosotros buscamos donde hubiera tres camas vacías juntas, así
que por la hilera sabíamos a qué piso dirigirnos y por el foco a qué
pasillo.

Así que la hilera 12, por ejemplo, señalaba que había camas
vacías, pues ese número de pisos subimos y, al llegar, quedamos en un
pasillo que daba a nuestra derecha e izquierda.

A este pasillo convergían las entradas de otra serie de
pasillos, en cuya entrada había también pequeños focos señalando las
camas vacías.

Nosotros llegamos hasta el que nos interesaba.

Como había algunos foquitos prendidos y otros intermedios
apagados, quería decir que tendríamos que pasar cerca de camas ocupadas
para llegar a las nuestras.

Antes de entrar, hay que desnudarse totalmente.

Mis amigos procedieron a hacerlo, indicándome que los imitara.

En las paredes derecha e izquierda hay unas aberturas alargadas.

En el lado derecho procedimos a depositar nuestra ropa,
desapareciendo de nuestra vista, y quedamos en cueros, totalmente
desnudos.

Mis amigos me señalaron el pasillo.

Pero … ¡Caracoles!, me estaban preparando una broma.

No había caminado diez pasos, cuando sentí que me acribillaron con una especie de lluvia vaporizante, tibia y agradable.

Lo intempestivo del bombardeo me produjo una reacción
desagradable, de la que traté de librarme retrocediendo; pero detrás
estaban mis amigos esperando este resultado a su diversión, y con fuerza
increíble me empujaron, obligándome a seguir adelante, y no bien había
pasado este húmedo recibimiento, cuando entré a otro, aún más
desagradable.

Ahora sentí como si me succionaran o formaran vacío a mi
alrededor, desprendiendo de mi cuerpo hasta la más mínima partícula de
mugre que pudiera tener, produciéndome una increíble sensación de
limpieza y frescura.

Cuando pasé del todo este par de tragos amargos, no tuve más
escape que soltar la risa, como dando a entender que no me había
impresionado.

Pero a nadie engañaba, ni siquiera a mí mismo.

En estos pasillos dormitorios se emplea un sistema que me pareció muy práctico.

Ellos tienen un dominio absoluto de la luz y de la oscuridad.

Este sistema ya lo habían usado en los sanitarios, así que no
lo desconocía, pero ignoraba que también se usara en los dormitorios.

Por lo tanto voy a tratar de explicarlo: las camas, como las
de la nave, son marcos sosteniendo un material grueso y poroso, y están
a guisa de repisa, empotradas en una de las paredes; pero en estos
dormitorios, cerca de cada cama y al alcance de sus pequeños brazos, hay
una ruedecilla que, haciéndola girar a derecha o izquierda, produce
luz cegadora así como oscuridad espesa, tan espesa que da la impresión
de ser un muro negro e impenetrable.

Cuando estuvimos en nuestras camas, mis amigos me instruyeron
en el manejo de aquel pequeño pero efectivo control que, al
accionarse, solo cubre de oscuridad el espacio que ocupa la cama, como
si descendiera una gruesa y negra cortina que pusiera a aquel lecho
fuera de la curiosidad de las demás gentes.

Cuando estuve tendido en mi cama accioné la ruedecilla varias
veces, para estar seguro de su efectividad; pero, una vez perdido en
aquella pequeña inmensidad, desaparecía todo, y sentía estar en una
isla cubierta de espesa negrura.

Me invadió una especie de sopor que me invitaba a abandonar todo pensamiento ajeno a lo que no fuera dormir y descansar.

El despertar fue tranquilo y satisfactorio.

Sentí la mente despejada, estuve algún tiempo cavilando, gozando, saboreando aquella increíble comodidad.

Me sentía lleno de vigor, deseoso de trabajar, de gastar las
energías que reposaban dentro de mi cuerpo, haciéndome sentir joven,
quizás demasiado joven.

Fue allí donde comprendí por qué a nadie obligan a trabajar,
pues es indudable que con esa alimentación y ese reposo llega
cualquiera a sentir deseos de trabajar, para gastar la energía que le
bulle dentro del organismo.

Cuando iluminé mi cama, descubrí que mis amigos estaban
despiertos y entretenidos, usando unos pequeños aparatos que hay entre
cama y cama.

Dicho aparato no es mayor que un reloj de bolsillo y pende de
la pared unido a un cordón liso y elástico, que lo recoge y sujeta a
la pared, cuando no lo usan.

El tal aparato es una diminuta pantalla por una de sus caras y
por la otra una especie de micrófono, y tiene en su borde un pequeño
botón.

Mis amigos se reportaban y pedían órdenes, y en la diminuta
pantalla pude reconocer claramente a uno de los jefes y oír su
característica voz.

Mis amigos me dijeron que teníamos bastante tiempo disponible y lo íbamos a aprovechar adecuadamente.

Así que nos dirigimos a la salida, pasando por el ineludible baño y el secado, que lo encontré sumamente agradable.

Al nivel del piso hay una hendidura donde mete uno los pies,
sintiendo una sensación de cosquilleo y, cuando los retira, las uñas
están recortadas y pulidas.

Lo mismo se pasa a metro y medio de altura, donde la operación se repite con las manos.

Y aquí venía otra broma de mis buenos amigos.

Da la casualidad que yo no me había puesto aquella ropa y por lo tanto desconocía sus características.

Así que, al llegar a las alacenas, nos dirigimos a la que
estaba enfrente de la que habíamos usado para depositar nuestra ropa
sucia; ellos cogieron cualquiera y procedieron a vestirse, sin dar
importancia a lo que a mí me sucedía, que por más que buscaba y
rebuscaba no encontraba nada que me sirviera.

Creo que estaba a punto de soltar el llanto y ellos la risa,
pues estaba lucido: la camisa más grande apenas cubriría a uno de mis
pequeños hijos y los calzones ni se diga.
http://www.samaelgnosis.net/libro/html/venus/capitulo_08.htm
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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:31 pm

CAPITULO 09


Por fin, satisfechos de su broma, cogieron una camisa
cualquiera y la estiraron hasta alcanzar mi tamaño y lo mismo hicieron
con un calzón y unos zapatos.

Maravillosas cualidades de un material apropiado para un mundo estandarizado.

Mis amigos me explicaron que aquel material podría crecer
hasta tres veces su tamaño original, al que volvía fácilmente con solo
meterlo en un líquido que lava y desodoriza.

Pero no paraba allí la cosa.

Una vez puesto sobre el cuerpo, con el calor de éste se
encoge y adhiere, dando la sensación de estar desnudo, pues es de una
frescura incomparable.

En un extremo de estas aberturas, donde se deja y recoge la
ropa, hay una especie de casco de protección, que cubre desde el frente
hasta los hombros.

En ellos se mete la cabeza y dicho aparato se encarga de
peinar y agregar al pelo una sustancia grasosa, al mismo tiempo que lo
recorta a la altura de los hombros succionando el sobrante.

Abandonamos el edificio dormitorio, saliendo a buscar un comedor.

Lo encontramos pocas manzanas más adelante.

En realidad no sentía hambre, pero tenía curiosidad por
saborear y convencerme si efectivamente cada charola tenía diferentes
sabores según su color.

Debo advertir que aquella substanciosa comida, con apetito o sin él, se come.

Por lo menos yo jamás he rehusado un helado o un buen dulce
en nuestro mundo, y esto que se usa acá tiene cierto parecido con estas
golosinas.

Y lo dicho, sin hambre, di fácilmente cuenta del contenido de
dos charolas, y hasta creo que si hubiera durado más tiempo allí, la
curva de mi estómago toma características alarmantes como las de los
franceses que encontré.

Satisfecho el apetito o la curiosidad, fuimos en busca de una
biblioteca, pues había despertado cierto interés en mí lo que al pasar
había logrado observar.

Estos edificios no se diferencian gran cosa de los comedores, en su disposición.

Al igual que aquéllos, dos paredes alojan los elevadores y
las otras dos siempre están cubiertas de estantes repletos de libros.

¿Como los nuestros? No, son un poquito diferentes.

Voy a tratar de describirlos, y no solo los libros sino todo lo que vi.

Mis amigos deben ser poco afectos a la lectura, porque me
dijeron que, mientras yo fisgaba ellos subían a la azotea a respirar.

Me dirigí a un estante y cogí un libro.

No hay a quien pedírselo, ni tampoco a quien preguntar.

Así que al azar lo hice, y allí mismo, parado, me puse a hojearlo.

Como pastas, para llamarles como nosotros, tienen dos
charolas, cuadradas o rectangulares, embrocadas, que forman como una
caja.

El material interior es una tira continua doblada en forma de acordeón y unida a las pastas por sus extremos.

Este material está cuadriculado en forma menuda y la
escritura que contiene se reduce a pequeños puntos diminutos, ángulos y
círculos, colocados en diferentes posiciones dentro del cuadriculado.

Los libros se pueden abrir por dos de sus lados, así que
cuando han terminado uno, lo cierran y abren el otro continuando la
lectura.

Como complemento tiene unas uñetas que le sirven para mantenerlo abierto.

Esto es necesario por esta razón; todo el piso está cubierto de pequeños sillones.

Tienen descansos para los brazos y apoyo para los pies y se puede reclinar en cualquier ángulo.

Lo complementa un brazo articulado provisto en su extremo de
un par de barritas que terminan en un pequeño círculo imantado, así
que, cómodamente sentado, dispone el brazo a la distancia que uno
quiera, coloca el libro abierto entre los dos círculos, sujeta el
material de lectura con sus uñetas y hágame el favor, a quién no le van
a dar ganas de leer con tantas comodidades, y lo más interesante que
si una persona está interesada en escribir, también encuentra en qué
hacerlo, pues hay varias hileras de sillas que en vez de brazo tienen
una plana, como la de los comedores, y hay una buena provisión de
libros en blanco.

Usan unos aparatitos no mayores que una plumilla fuente de mujer, pero no llevan pluma.

En su lugar hay un cuadro diminuto.

Dentro de él hay un círculo y al centro un punto para escribir.

Usan cualquiera de los ángulos.

Apretando un botón en la parte superior sale el círculo, y
haciendo lo mismo con un abultamiento a medio cuerpo del aparato,
destaca el punto.

No usan tintas de ninguna especie, sino una reacción eléctrica que opera sobre el material de escritura, que no es papel.

Más me pareció seda engomada o un material parecido, que no se arruga ni se rompe con facilidad.

Estos locales son bastante altos, pues alcanzan los tres metros y los estantes cubren toda la pared.

Para alcanzar cualquier libro, hay unos aparatos que se
componen de una barra provista de un asiento, que a voluntad sube o
baja en dicha barra y esta se mueve a derecha e izquierda.

De éstos aparatos hay unos diez o doce en cada pared y se manipulan con botones situados en el asiento.

En éstos, como en todos los edificios, se hace un verdadero
derroche de luz, sin descubrirse la fuente, y lo mismo que en todas
partes impera la variedad de colores, ocupando un solo color cada hilera
de libros.

Mis amigos llamaron al elevador para que fuéramos a la azotea
y viera algo interesante, y vaya si lo era: estaban unos individuos
cosechando fruta.

Como dije antes, todas las azoteas están convertidas en huertos frutales de distintas especies.

Naturalmente que todo en este mundo es novedoso, por lo menos a mí me lo pareció.

Quizá haya personas que nada de esto les parezca ni siquiera
lógico; pero de calquier manera yo me voy a limitar a describir lo que
vi.

En un ángulo de la azotea estaba una nave pequeñísima.

No medía más de tres metros alrededor.

Descendía por el centro una escala que llegaba por entre los árboles hasta uno de los pasillos.

Cuando subí a la azotea, llamando a mis amigos, me señalaron a
dos hombrecitos que desempeñaban una labor que dicho sea de paso, en
nuestro mundo es tediosa, pues estaban cosechando fruta.

Pero estos pequeños hombres que no median ninguno de los dos más de un metro, lo hacían de la manera más fácil.

En su pequeña nave traen una charola como de dos metros de
circunferencia; pero está dividida en dos, teniendo un recorte circular
en el centro.

Esta charola es como casi todo lo que allí se usa de un material sumamente liviano.

Cada una de las mitades, las colocan inmediatamente arriba del anillo que sostiene el árbol por el tronco.

Una de estas mitades tiene un agujero como de diez pulgadas.

En este agujero enchufan un tubo elástico del mismo diámetro y
levantan la tapa de uno de los pasillos que además desempeñan el
trabajo de canaletas.

Cuando todo está listo, toman un pequeño aparato poco más
grande que una cajetilla de cigarros, lo colocan bajo la charola en
unos rielecitos fijos al anillo, lo echan a andar y llueve fruta a la
charola, que sigue por el tubo a la canaleta y de allí al interior del
edificio, para llegar al lugar de aprovechamiento por conductos
interiores.

El aparatito aquel es un vibrador que desprende la fruta que está madura.

Como se pueden dar cuenta, es sumamente fácil la cosecha.

Cuando terminan la operación en un árbol la repiten en otro y
así van de azotea en azotea con su pequeña nave y sus raros
implementos.

Les pregunté a mis amigos qué hacían con la fruta.

Por cierto, los árboles son bajitos.

No miden más de dos metros; pero son muy frondosos.

La parte superior de estos árboles está cubierta de ramas distribuidas en sorprendente simetría y bien proporcionados.

No se descubre una sola hoja, pero las cubren pequeños brotes, que en su mayoría tienen un rabito que sostiene un fruto.

Su corteza es verde, de apariencia tierna y lisa como el
vástago de un plátano; los frutos que vi y toqué eran de envoltura
suave, como la ciruela entre otras.

No me constaba, pero me aseguraron mis amigos que no producían huesos.

Volviendo al tema que estábamos tratando de qué hacían con la
fruta, me contestaron riéndose a mandíbula batiente: ¿Qué crees que
has comido? Eso que tanto te ha gustado no es otra cosa que una mezcla
elaborada con frutas y pescado; pero, si no tiene sabor de pescado ni de
frutas, claro que no, en los laboratorios se preparan quitando el olor
y sabor originales.

Por eso te sabían diferentes, pero toda nuestra alimentación
procede de esos árboles, complementándose con productos del mar
debidamente elaborados y balanceados.

Ahora mis amigos estaban interesados en que conociera algunas de sus diversiones favoritas.

Vamos a empezar por lo primero que encontremos - me dijeron, y fue una sala cinematográfica.

Cuando me dijeron que era un edificio cinematográfico, pues
me imaginé otra cosa distinta, quizá algo parecido a lo que conocía,
esperaba cuando mucho una pantalla gigantesca, un público a obscuras,
unas butacas incómodas, vaya, algo parecido a lo nuestro.

Desde luego que sí esperaba que el edificio tuviera todos sus pisos destinados al mismo fin.

A eso ya me había acostumbrado, pero veamos lo que encontré.

En estos edificios, que quizá son únicos en su tipo, los
elevadores están en el centro y la pantalla ocupa una pared circular
que rodea el edificio en su mayor circunferencia.

Los espectadores dan la espalda a la torre de elevadores, y de esta manera no son molestados por los que llegan o salen.

La sala tiene más luz que el mejor día de los nuestros con la misma claridad que conocemos.

Ya les he dicho que estas gentes tienen un gran dominio,
tanto de la luz como de la oscuridad, por lo tanto, al entrar a esta
sala, me pareció salir de un edificio semi-oscuro.

Nos sentamos en las primeras butacas que encontramos.

Naturalmente a esto sí puede llamársele butacas; es una armazón de lámina dura, forrada de un material fresco y esponjoso.

Yo que estoy el doble de voluminoso que mis amigos, entro a
la fuerza y quedo dentro, o mejor dicho formando parte de una paca de
un material para mí desconocido pero que me prodiga una comodidad jamás
sentida.

Nadie estorba, el piso es cónico y puedo ver desde el piso de la pantalla.

El espectáculo gira lentamente alrededor de todo el edificio.

Intrigado me paré y busqué dónde empezaba y terminaba aquella
maravillosa pantalla, encontrando al fin una ranura, donde claramente
se veían salir y perderse trozos diferentes del espectáculo.

Gira tan lentamente que resultaría aburrido sino se
posesionara de inmediato nuestra mente de que aquello no es ningún
cinematógrafo como lo concebimos, ni como lo conocemos, pues sentado
cómodamente tengo la sensación de que estoy en lo alto de un cerro y
allá abajo veo un arroyo correr lentamente, bajando una vereda, un
atajo de burros hostigados a gritos por tres arrieros.

Resulta maravilloso, doblemente, porque oigo los gritos de
los arrieros, el jadear de los animales y hasta los ruidos peculiares
que producen sus estómagos al hacer algún esfuerzo mayor.

Con tal claridad se oye todo y se ve que se pierde la noción del lugar y la distancia.

Los espectadores, en su mayoría, no se limitan a ver.

Van provistos de trozos de material, algo parecido al vidrio;
pero, a pesar de que no es más grueso que un vidrio común y corriente,
da la impresión de que solo es la tapa de una caja iluminada.

En este material tratan, y a veces lo logran con exactitud, de reproducir lo que ven.

No diría que pintan, pues no usan ni pintura ni pinceles,
sino una cosa muy parecida a las plumillas con que escriben, y solo
varía el aparato en la punta, por donde, a voluntad y solo haciendo
presión en el abultamiento que lleva a medio cuerpo, produce un pequeño
abanico, semejante al que produce una pistola para pintar a base de
aire a presión.

Como dije antes, no es pintura sino una especie de rayito de
luz que al girar la perilla superior cambia de color o de intensidad.

Este aparato lo usan algunos con tanta maestría que producen
tonalidades verdaderamente maravillosas, pues el rayo de luz va desde
un punto hasta dos centímetros de ancho y produce en el material el
mismo efecto del fuego a diferentes distancias.

En el entresuelo hay estanterías donde se proveen del material necesario y allí mismo depositan sus trabajos.

De nuevo salimos a la calle, ahora en busca de una sala deportiva.

Cuando mis amigos me dijeron esto, me imaginé un gimnasio;
pero fui llevado a un edificio que no tenía nada de esto, Todo el piso
estaba cubierto de mesitas cuadradas que solo tenían una pata central.

De cada uno de sus lados pende una barra y en ella se desliza a voluntad un asiento con respaldo y apoyo para los pies.

El plano de la mesa está cuadriculado, en blanco y negro, y
en este deslizan unas pequeñas marcas, que las mueven como en el
ajedrez o en ese juego de damas que nosotros usamos.

Mis amigos me aseguraron que esto se juega en miles de
combinaciones, que continuamente se inventan otras nuevas, desechando
las más fáciles.

Aquello era interesante, pero yo pensaba que esto no era lo
que me habían prometido y les pregunté por la sala deportiva, a lo que
me contestaron que allí solo el cerebro hacía gimnasia y que no
desperdiciaban energías inútilmente ya que la salud y la figura se
controlaban desde los laboratorios a través de los comedores.

Ahora le tocaba su turno a otra clase de diversión.

Pocas manzanas adelante entramos en otro edificio.

En cuanto tuve ante mi vista la primera sala, me sentí
desconcertado, recordé algunas escenas de una película oriental en la
que presentaban un fumadero de opio, donde escuálidos seres vencidos por
el vicio yacían en asquerosos camastros atendidos por seres
misteriosos e igualmente escuálidos.

Esta sala está cubierta de cómodos sillones reclinables, en los que con facilidad se hunde uno, perdiéndose.

Tienen descanso para los pies y dan la impresión de que fueron hechos para dormir o descansar.

El respaldo, que se prolonga más allá de la cabeza, está de
tal manera confeccionado que la cabeza queda hundida y las partes
laterales están provistas de aparatos, al parecer micrófonos.

El complemento de esta diversión, a la que si le encontré
motivo de ser, es una pequeña circunferencia de un material elástico
negro suave y ligeramente grueso. Este se coloca alrededor de la cabeza
y su cometido es tapar los ojos, dando la sensación de oscuridad.

La sala está totalmente iluminada. Provisto de este
adminículo y colocado debidamente en el sillón, empieza el espectáculo,
que esta vez es solo para el oído y la imaginación. En el primero de
los sillones que ocupé, donde me acomodé con cierta dificultad, pero
sin incomodidad, llenó mis oídos un sonido por demás conocido.

Era como el que produce el tráfico en las grandes ciudades,
con un escándalo mortal de los empedernidos bocineros, el ulular de las
sirenas de los diferentes servicios públicos de emergencia, el
peculiar campaneo de los pequeños carritos de humildes vendedores, el
vocerío clásico de los mercados, pitidos de los agentes tratando de
poner orden, el rodar de pesados tranvías en los gastados rieles, sin
faltar el traqueteo de un monótono ferrocarril con sus pitazos y
campanazos peculiares, sus acompasados escapes de vapor y muchos ruidos
que conozco pero escapan a mi memoria.

Era tan real todo que, algunas veces, ante la proximidad de
un tren, me desembaracé de la tira con que me cubrí los ojos para
cerciorarme de que no corría peligro. Como mis amigos me advirtieron que
en cada hilera de sillones se podía oir un sonido diferente, me pasé a
otro sillón, hileras más adelante.

Aquí encontré algo que, aunque no conozco realmente, lo podía fácilmente identificar.


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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:32 pm

CAPITULO 10


Se trataba de un concierto de ópera, y se oía con tanta
fidelidad que inclusive identificaba no solo el quedo cuchicheo de las
damas vecinas al que grababa, sino el ruido que producen sus vestidos
al acomodarse en sus asientos y el crujir apenas perceptible de las
finas tarlatanas.

Lo que se desarrollaba en el escenario era en un idioma
extranjero y desconocido para mi y no sabría a ciencia cierta de qué
ópera se trataba.

Resultaba verdaderamente sorprendente la fidelidad con que se oye todo en estas salas.

En otra butaca se estaban reproduciendo los ruidos
característicos de un gran incendio, indudablemente era en un bosque y
de proporciones devastadoras.

Así era el crepitar de las llamas, el estruendo aterrador de
un gigantesco árbol, que, en su caída, arrastra desgajando ramas a lo
que encuentra en su paso y finalmente el golpe seco, sordo,
impresionante, con increíble realidad.

Se sentían ondas de intenso calor, que se desparramaban en
todas direcciones y con ellas nuevas extensiones que empezaban a arder,
multiplicándose y aumentando el radio del incendio.

Esta escena estaba siendo tomada de seguro desde una nave a
gran altura y el incendio se estaba produciendo en un bosque vigilado,
porque con rapidez asombrosa pasaba de lo indomable del fuego a los
lugares donde individuos especializados, con la calma característica del
que está habituado a estos menesteres, cumplen sin violentarse y sin
precipitarse su cometido.

Se oyen las órdenes, dadas por radio indudablemente, con toda parsimonia, como quien está dando consejos.

Pasa luego de dar órdenes a pedir refuerzos.

Enseguida la toma cambia de lugar.

Ahora es una banda de aves; acto seguido se oye el ruido
inconfundible que producen grandes grupos de pequeños animales que
huyen despavoridos tratando de poner espacio de por medio en pos de un
refugio seguro.

Por eso digo que estas escenas están tomadas a gran altura desde donde se pueden dominar extensiones grandísimas.

Oí, por ejemplo, en otra de las filas algo que indudablemente
era también un incendio; pero ahora quizá ocurría en una zona
comercial con adelantos modernos.

Se oía claramente la gritería ensordecedora, carreras
desenfrenadas sin orden ni concierto, propias de las gentes cuando el
pánico hace presa en ellas.

Luego tiros disparados contra alguien que no obedecía, porque se oían silbatazos de policias.

El ulular de las sirenas de los carros de bomberos, las
frenadas de los mismos, gritos entre ellos dando órdenes; el arrastrar
de mangueras, el ruido metálico de las conexiones en las tomas de agua,
el choque de los potentes chorros contra los muros incendiados, el
ruido de estos al desplomarse, el clamor sordo de la multitud
expectante contenida en el área del incendio.

Con facilidad se distinguían hasta los comentarios de la
gente, todo esto en idiomas que me son familiares, aunque no sabría
decir con precisión a qué raza de nuestro mundo pertenecían.

También oí el ruido aterrador de un huracán, que
materialmente barría con todo lo que encontraba a su paso, el ruido de
piedras rodando en pendientes profundas, el choque de unas contra otras
haciéndose pedazos y multiplicándose los ruidos.

Árboles arrancados de cuajo y lanzados a distancia, el
silbido escalofriante del viento, el avance de grandes torrentes de
agua al salirse del cauce de un caudaloso río, y de cuando en cuando el
bramido desesperado de alguna bestia atrapada o el chapoteo desesperado
de algún animal en peligro de ahogarse.

Todo visto tan solo con los ojos de la imaginación.

Más de una vez me quité la venda con que cubría mis ojos,
para asegurarme que solo eran sonidos los que estaba oyendo y estos
estaban muy lejos de la realidad que imaginaba.

Todo esto en una sola sala, en la que bastaba cambiar de fila
y ocupar uno o dos asientos más adelante o atrás para encontrar
variación de espectáculo imaginativo.

Lo más sorprendente de todo es que, aunque una butaca esté
vacía, no sale de ella nada de lo que se oye cuando uno la está
ocupando.

Uno de los ruidos que más gustó a aquella gente, es el que
reproduce el de nuestros mares, pues esas filas, generalmente están
ocupadas, pero pude ganar una de aquellas butacas en cuanto la dejaron, y
podría decir que también a mí me gustó.

Se trataba de algo característico, a lo que le podríamos llamar sinfonía del mar.

Se adivina que el primer escenario es un puerto marítimo, y debe ser de mucha importancia.

Se adivina también que es una mañana cubierta de neblina.

Comienza el ruido de las cadenas, característico del que se produce al recobrar las anclas.

Por momentos lo amortigua el golpear de las olas en los costados del barco.

Luego voces de mando ampliadas por el uso de los megáfonos,
carreras de individuos puestos para cumplir las órdenes, rechinar de
cables al tensarse entre el barco y los remolcadores.

Cada vez el número de ruidos aumenta.

Ahora se suman la sirena del barco, al parecer gigantesco, y los pitazos de prevención de los remolcadores.

Ahora surgen gritos desesperados de bisoños marinero,
contrastando con las voces de mando de capitanes maduros desde sus
respectivos puestos de mando.

Luego viene el ruido producido por las máquinas al empezar a
levantar presión en las calderas, y finalmente el golpear de las
palancas de control.

Resultaba tan fácil identificar estos sonidos que
experimentaban la sensación de estar a bordo, observando todas las
maniobras preliminares a la salida del puerto de una gran embarcación.

Luego la toma pasa a los muelles, indudablemente ya entrada la mañana.

Carreras de trabajadores, saludando a gritos a sus
compañeros, o comentando también a grandes voces sus aventuras de la
noche anterior; rodar de carretillas, golpear de bultos al ser
descargados; rechinar de cables de acero moviendo las canastillas de
gigantescas grúas y el vocerío aumentaban por momentos hasta
convertirse aquello en un pandemonium.

Ahora la toma se mueve hacia una zona de balnearios.

Empieza recogiendo el rugir de los motores de algunas lanchas
empeñadas en una competencia, luego se oye el zumbar de algún avión
que cruza cerca; de nuevo motores de lanchas, ahora remolcando esquíes
acuáticos; se siente el aliento de la persona que guía el esquí, y hasta
se puede diferenciar, por el sonido, cuál estela pertenece a la lancha
y cuál al esquí.

Nos acercamos a un grupo de bañistas; se oyen chapotear en el agua y sus gritos al ser arrastrados por alguna ola.

Luego viene un grupo de niños, con sus gritos jubilosos e
inconfundibles, sus carreras, sus guerras con agua o con arena, sus
protestas, y luego sus llantos.

Finalmente los gritos autoritarios de sus padres poniendo orden en el desaguisado.

Ahora estamos sobre una playa, ayuna de ruidos humanos; las
olas rompen en los acantilados estrepitosamente; luego cambia a un
lugar sin barreras, donde mueren lentamente rodando sobre la arena.

Zumba el viento con fuerza entre las palmeras y enormes
bandadas de gaviotas buscan refugio tierra adentro, chillando
clamorosamente.

Nos internamos en el mar abierto.

El viento sigue zumbando, ahora con más fuerza; las olas aumentan de tamaño; se oyen allá lejos romper en los acantilados.

Indudablemente es una tempestad, pero nosotros nos alejamos, buscando un lugar apacible, y lo encontramos.

Estamos oyendo el suave deslizamiento de pequeños peces.

Distinguimos con facilidad las dimensiones del pez por la fuerza con que impulsan el batir de sus aletas en el agua.

Seguimos adelante.

Ahora es un grupo de peces voladores.

Se sienten en el momento que salen impulsados del agua para caer adelante en acción continua y acompasada.

Luego llega la pesca de algún pez de buen tamaño, la lucha de
este por librarse del anzuelo, golpeando con estrépito el agua, el
chillar del sedal al ser recogido en el carretel, los resoplidos del
anónimo pescador por el esfuerzo desarrollado y finalmente un grito de
desaliento o desilusión al escaparse la presa.

Seguimos moviéndonos en busca de novedades.

Ahora algo que he visto debe ser verdaderamente impresionante: la pesca de una ballena.

Un verdadero huracán a flor de agua.

Un disparo a bordo de una lancha; silba en el aire un arpón,
el rápido tirón del cable poniendo en movimiento súbito a los
carreteles que lo contienen y el blanco certero en el cuerpo del animal;
el arrancón de este al sentirse herido, arrastrando la lancha y a sus
intrépidos tripulantes.

Momentos de expectación.

Es tan real lo que oigo que siento temor por la vida de los pescadores y presiento un desenlace fatal.

El animal se hunde en su desesperación por salvarse del hierro que le está quitando la vida.

Finalmente el triunfo del hombre sobre el animal, gritos de
júbilo que no dejan lugar a dudas: la presa fue rendida por la
inteligencia del hombre.

Ahora la van remolcando lenta y pesadamente hasta el barco nodriza.

El ajetreo es endemoniado: ruidos de caderas, silbar de
chorros de vapor o aire a presión, golpear de gigantescas cuchillas y
zumbar de sirenas en loca carrera contra el tiempo el inconfundible
hervor en descomunales calderas y finalmente torrentes de agua
barriendo las cubiertas.

Esta forma de diversión sí me gustó, y creo que gasté en ella
más del tiempo que teníamos libre, porque iba a cambiar de fila
buscando más sonidos diferentes a los que pudiera identificar, pues me
parecía estar en un concurso, cuando mis amigos me hablaron porque ya
habíamos sido llamados a la nave.

Íbamos saliendo cuando vi que entre dos hombres sacaban de
una butaca a un individuo y lo depositaban en una abertura incrustada
en la pared.

Algo me dio la impresión de que lo amortajaban en un ataúd.

Para no quedarme con la duda pregunté a mis amigos de qué se trataba.

Me explicaron que como ellos no tienen cementerios acuden a
medios más científicos para deshacerse de las personas que se van
muriendo, que aunque hay lugares de reclusión para ancianos donde se
reconcentran cuando se sienten demasiado viejos, se da con frecuencia el
caso de que en cualquier edificio, y hasta en plena calle un individuo
muera.

Por lo tanto, es obligación que las personas que estén más
cerca de la víctima que la depositen en el aparato desintegrador más
cercano.

No era otra cosa el lugar donde vi que metían aquel cuerpo al parecer sin vida.

Mis amigos me explicaron que no hay edificio que no tenga uno
de estos aparatos en cada piso y resulta tan importante que inclusive
las camas en los edificios dormitorios contaban con un avisador que
daba la alarma cuando un individuo pasaba determinado tiempo sin
moverse.

Cuando esto sucedía acudían al lugar personas especializadas que se encargaban de la operación.

Les pregunté si no se daba el caso de que a una persona con
vida la desintegraran y me contestaron que esto no sucedía pues era tan
perfecto aquello que, mientras la persona depositada contara con vida,
nada le pasaba; que sucedía con frecuencia que saliera del
desintegrador un individuo a quien creyeran muerto que solo padecía
algún mal; pero que esto le servía de aviso para que se alojara en un
centro de reclusión donde lo atenderían de su enfermedad.

Mis amigos me advirtieron que era probable que ya fuéramos a
partir; pero que, si esto no sucedía de todos modos dormiríamos en la
nave que nos había transportado y que allí mismo comeríamos pues ya era
tiempo de hacerlo.

Así que subimos a la azotea para abordar una de aquellas
fantásticas naves esféricas, que volando las ve uno como gigantescos
globos; pero cuando va uno en ellas y se da cuenta de la velocidad que
alcanzan se aterroriza, pues da la impresión de que solo es una bola de
cristal que de un momento a otro se estrellará contra otra nave,
haciéndose añicos.

En esta incursión y volando en la nave esférica en aquel
lejano mundo, vi allá abajo, en una remota calle, una serie de esbeltas
y gigantescas ruedas al parecer planas; iban arrastradas o formaban
parte de una máquina rara.

Pregunté a los amigos qué era aquello y por toda contestación
uno de ellos tomó un micrófono cercano y ordenó algo al tripulante de
la nave.

Disminuyó esta la velocidad, giró en espiral perdiendo altura y fue a colocarse unos metros adelante del raro aparejo.

Aún a pocos metros me siguieron pareciendo ruedas planas enormes y de un color amarillo.

Incapaz de adivinar de qué se trataba, lo pregunté.

Entonces me explicaron que solo era una máquina que iba tendiendo un piso metálico.

Delante de dicha máquina el piso era de color marrón oscuro y se veía de superficie burda, como una especie de concreto.

En la máquina los rollos de metal laminado, que no eran otra
cosa las enormes ruedas, estaban espaciadas unas de otras, un metro
aproximadamente, y la función de la máquina era pulir el piso, abrir una
cuna o canal y ya preparado el piso de esta manera, iba depositando en
su lugar aquellas cintas metálicas que son de aproximadamente doce
pulgadas de ancho y su función es convertirse en conductores de la
fuerza que usan los vehículos.

Aterrizamos en una azotea, enfrente del edificio donde estaba nuestra nave.

Tomamos el elevador y fuimos a parar al sótano.

Allí tomamos un conducto subterráneo para atravesar la calle y
llegar al otro edificio, para abordar de nuevo el elevador y llegar a
la azotea, bajo la panza de nuestra acogedora nave.

Buscando qué platicar se me ocurrió preguntarles algo acerca de sus gentes que me había llamado la atención.

No había descubierto a una sola persona que adoleciera de
algún defecto físico, y vino a mi imaginación que, si en nuestro mundo
se usara una ropa como la que se usa allí, que va materialmente unida al
cuerpo, cómo aparecerían nuestros congéneres, tan feos y
desproporcionados como somos con semejantes barrigas, piernas
hinchadas, hombros caídos y espaldas encorvadas, pues sería como para
morirse de risa.

Me explicaron que el desarrollo físico de su gente la
controlan desde los laboratorios donde se preparan los alimentos,
resultando estos perfectamente balanceados y fácilmente de digerir, no
padeciendo jamás de enfermedades producidas por la mala digestión,
producto a su vez de la deficiente masticación y de la ingerencia en
demasía de líquidos, que tienden a aumentar el volumen de los estómagos
y a desproporcionar los intestinos irritados por el esfuerzo.

En la nave la cabina de controles estaba a media luz y solo había uno de los individuos de los que formaban la dotación.

Al parecer mis amigos eran superiores a él en jerarquía,
porque fue éste el encargado de servirnos Después de comer, el mismo
individuo convirtió los sillones en camas y procedimos a acostarnos.


http://www.samaelgnosis.net/libro/html/venus/capitulo_10.htm
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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:36 pm

CAPITULO 11


Más de una vez haciendo repaso de todo lo que me aconteció en
aquella ocasión, me he encontrado ante la certidumbre de que todo el
tiempo, a partir del momento en que de repente sentí deseos de conocer
la máquina, allá en Ciudad Valles, estuve bajo el dominio mental de
ellos, pues esto me parecía lo más lógico.

Pero esto ustedes lo dilucidan.

Ahora voy a seguirlo narrando todo, tal como siguió su curso.

Cuando fui despertado, estaba de nuevo vestido con mi propia ropa, y la que usé allá no la vi por ningún lado.

Naturalmente que me sacaba de quicio esta manera de proceder de mis amigos, pero ellos siempre tenían manera de justificarse.

Ahora me decían que me cambiaron la ropa ellos porque no
valía la pena despertarme y que, además, dormido les daba la
oportunidad de hacer algunos estudios sobre mi organismo en el momento
preciso, así que sin mi voluntad me convertían en "conejillo de
indias”.

Pero debo confesar que, ante la bondad de estas gentes, quedaba desarmado y ya no veía el objeto de violentarme.

De lo que sí estoy seguro ahora, es de que en los alimentos
que me sirvieron en la nave debieron haber agregado alguna sustancia y
esta era la que provocaba un sueño de tal naturaleza.

Estábamos de nuevo en nuestro mundo.

La nave nodriza "anclada" en nuestro espacio.

Fuimos despedidos por los dos jefes hasta la puerta de la nave pequeña y subimos a ésta bajo su vigilante mirada.

Momentos después siento la emoción indescriptible de ser lanzados al espacio.

El tobogán por donde suavemente habíamos penetrado a la nave
nodriza se había convertido ahora en impresionante catapulta que nos
despedía de manera poco digna.

La sensación fue sumamente desagradable, pues sentí lo mismo
que deben sentir los famosos hombres-bala que en algunos circos se
dejan lanzar desde un cañón.

Como esto parecía raro, ya que volando las naves por su
propia fuerza no se siente ninguna sensación desagradable, les pregunté
a mis amigos a qué se debía el cambio.

Me explicaron que estas naves crean su propia fuerza de
gravedad, convirtiéndose en pequeños mundos cuando se propulsan por sí
solas.

Aproveché para preguntarles qué clase de fuerza usan para moverse.

Me dieron una explicación sencilla.

Entre otras usan líneas magnéticas o campos magnéticos como
nosotros los conocemos, y estos se generan entre masas en movimiento,
asegurándome que cada nave tiene una máquina que aprovecha dicha
fuerza.

La cosa es sencilla, ¿verdad? Les pregunté si no era factible que nos diesen una manita con algunos de sus conocimientos.

Me contestaron que era algo que les gustaría sobremanera, pero que resultaba sumamente peligroso.

Porque se han convencido que, además de romper nuestro
proceso evolutivo, lograrían acelerar nuestra mutua destrucción, ya que
tendrían que poner en nuestras manos conocimientos inapropiados a
nuestro carácter destructivo.

Y como para convencerme de sus palabras me indicaron que viera a través de la pequeña pantalla que tenía frente a mis ojos.

Fijé mi vista y solo vi nubes, pero, accionando el control, las nubes se empezaron a desvanecer y apareció un cerro.

Cuando tuve este objetivo a solo unos metros de la pantalla, me dijeron que no lo perdiera de vista.

El cerro aquel se empezó a hundir, como si a un gran trozo de
mantequilla le dirigiera el chorro de fuego de un potente soplete.

El cerro casi desapareció y en su lugar se veía ahora una
noria gigantesca, cuyas paredes parecían cortadas a plomo de una
profundidad impresionante y en solo unos minutos.

Ahora fíjate en lo que va a pasar - me dijeron.

Eso que viste solo fue potente desintegrador: pero a esta arma le sigue otra.

Y aterrado vi cómo las paredes de aquella fantástica noria se
empezaban a desgranar, lanzando toneladas de tierra y piedra hacia su
fondo.

Cuando esto cesó, aquello quedó convertido en un cono o embudo de colosales dimensiones.

Como ves - me dijeron, estas armas son en verdad
destructoras, pues, sin usar la primera que es simplemente mortal, con
la segunda en solo unos minutos podríamos hacer saltar en pedazos toda
una ciudad, sin que una sola viga de acero de las que forman la armazón
de los grandes edificios quedara en su sitio.

Ahora, dinos, ¿te gustaría que pusiéramos en manos de alguna
nación de tu mundo una de estas armas? Estaba tan aterrado que no me
atreví a contestar; pero el más bajito, quizás aprovechando mi estado de
ánimo, me dijo: --No creas que nosotros usaríamos contra ustedes estas
armas.

Si tuviéramos interés en dominarlos, nos bastaría usar un gas del que cada nave tiene una buena dotación.

Dicho gas es más pesado que la atmósfera de este mundo y, al aspirarlo ustedes, quedarían sus mentes bajo nuestro control.

Quedé estupefacto y añadió: -- No vayas a pensar que lo usamos contigo.

Al decirme esto me miró con cierta malicia, o algo sospechoso.

Advertí en sus facciones que me hicieron estremecer, dando gracias a Dios por estar de nuevo en mi mundo.

Momentos después reconocí el sitio donde había estado parado con el auto de los norteamericanos.

Bajamos lentamente, hasta sentir que habíamos tocado tierra.

Mis amigos me hicieron prometerles que la experiencia que me
habían concedido la daría a conocer en todas partes y por todos los
medios a mi alcance y fue entonces cuando les advertí que mi preparo
intelectual era nulo y ellos me prometieron su ayuda.

Momentos después me encontraba corriendo hacia la carretera,
pues ellos me dijeron que mientras no me alejara lo suficiente no
podrían elevarse porque ponían en peligro mi vida.

Cuando llegué al borde de tierra dirigí la vista al lugar,
esperando ver cómo la nave se elevaba; pero esta se mecía
majestuosamente a unos 500 metros de altura, como despidiéndose de mí.

Luego dio un tirón tan fuerte que desapareció de mi vista,
pudiendo localizarla cuando solo era un pequeño óvalo de seis o siete
pulgadas.

De nuevo mi mente se volvió confusa.

Fijé mi vista en las piernas de mi pantalón y estaban
completamente limpias, lo contrario de como quedaron al atravesar el
lodazal 5 días antes en que atravesamos desde la carretera hasta la
nave.

Estuve un buen rato reconociendo el terreno y cavilando sobre
aquella fantástica aventura y, cosa rara, estaba seguro de que todo el
mundo me creería cuando la contara, ya que podría contestar cuanta
pregunta me hicieran relacionada con este fantástico viaje.

Sólo me intrigaba cuánto tiempo había pasado.

Vi venir un coche en dirección al sur, crucé la carretera y sin atreverme a pararlo éste se detuvo frente a mí.

Dicho coche traía placas del Estado de México y estaba ocupado al parecer por una familia.

Venía al volante un señor gordo; a su lado una señora bien vestida y atrás dos jovencitos.

El señor me preguntó que sí iba al pueblo subiera, que me traería.

Pensó el hombre que yo sería de por allí, y como traía
dificultades con el motor creyó que le podía indicar algún taller
mecánico; pero yo desconocía el pueblo y sus moradores.

Me limité a aconsejarle que nos paráramos en la primera gasolinera.

Allí tuvimos la suerte de encontrar un mecánico petulante y
medio ebrio, que inmediatamente pronosticó el desperfecto, engatusando
al dueño del coche para que lo siguiera, puesto que éste manejaba una
carcacha.

Yo me quedé en la gasolinera.

Poco después llegó en la misma dirección un gran camión de carga a cuyo chofer le pedí que me trajera.

El hombre que lo manejaba accedió a traerme pues se dirigía a la Ciudad de México.

Por mi parte me sentía rebosante de optimismo.

Recordaba perfectamente todos los incidentes del viaje y estaba seguro de que nadie me confundiría.

Le pregunté al compañero qué día era.

Al contestar me dirigió una mirada, con cierta mezcla de
extrañeza y de burla; pero venía yo tan optimista que no le di
importancia.

Hice cuentas de los días que llevaba fuera de mi casa y me dispuse a contarle a mi compañero mi aventura.

Me oyó calmadamente, sin dejar de dirigirme miradas de
desconfianza, quizá pensando que estaba loco; pero que era un loco
pasivo, sin peligro.

Por fin, cuando estuve seguro de que no corría ningún peligro
en mi compañía y que le había inspirado la confianza necesaria, me
dijo: -- Mira, hermano, la hierba es mala cuando uno la fuma pura.

Ya verás cuando la guisa. Si te contara lo que he visto, te quedarías maravillado. Aquello me apenó.

¿Sería verdad que aquel hombre pensaba que yo estaba
mariguano? Así que todo el trayecto me lo pasé dormido, pues de repente
vi con claridad la magnitud de mi experiencia y perdí todo deseo de
hacerla pública.

Pero recordaba la promesa que había hecho a mis amigos de
hacer pública la oportunidad que ellos me habían proporcionado, así que
de allí en adelante tenía que luchar para vencer aquel complejo que
echó profundas raíces cuando se la conté al compañero chofer que me
trajo.

Fue por esta causa que durante año y medio no lo conté a
nadie y solo me arriesgué cuando se empezaron a leer con frecuencia en
los periódicos relaciones de personas que aseguraban haber tenido
oportunidad de admirar estas fantásticas naves espaciales.

Como decía al principio de este libro, he pasado tantos
sinsabores desde que me decidí a contarlo que he acabado por considerar
increíble la aventura y justificar a las personas que se burlan de mí,
pues tienen derecho a no creer lo que ellos no hayan visto o vivido.

Así, cuando me topo con una persona que me pregunta en son de
guasa, acabo por decirle, que solo fue un viaje que hizo mi mente en
alas de la imaginación, y con eso lo dejo satisfecho, pues casi siempre
infla el pecho y dice: --Ya decía yo que esto era imposible.

A mí nadie me engaña.

Así los dos quedamos tan contentos.

Ahora, cuando encuentro a una persona exenta de petulancia y
de "sabiduría", casi siempre lo cuento todo y con mucho gusto nos
ponemos a discutir lo factible y lo no factible y, pongamos que no lo
crea, pero queda con la duda y, además, se divirtió, cosa que a mí me
satisface.

Posteriormente a este viaje me sucedieron cosas tan raras que quedan fuera de mis conocimientos.

Las relato abrigando la esperanza de que algunos de mis lectores tenga idea de lo que se trata.

Muchísimas personas me asediaban preguntándome de qué planeta
procedían aquellos hombres y esto me mortificaba a tal grado que acabó
obsesionándome, pues resultaba estúpido no habérseme ocurrido
preguntarlo a los que me hubieran sacado de la duda.

Uno de esos días en que más me mortificaba esta pena, empecé a
sentir una presión mental insoportable que por momentos se hacía más
pesada al grado de que tuve que dejar de trabajar, pues me resultaba
peligroso.

Me dirigí a mi casa a eso de las tres de la madrugada y, aunque no tenía sueño, me tendí en la cama.

El cuarto estaba a obscuras.

No quería despertar a mi esposa y por lo tanto me abstuve de prender la luz.

Estaba, lo recuerdo perfectamente, despierto y en actitud
pensativa y revoloteaba en mi mente el reproche que me hacía de no
habérseme ocurrido hacer tan importante pregunta.

De repente el lugar se iluminó inundándose de luz, pero la luz que yo había visto en aquel planeta.

Traté de incorporarme sin lograrlo y ante mi asombro
desapareció todo lo que de familiar había a mi alrededor y me ví
participando en una escena en que aparecían mis dos amigos dándome una
conferencia de astronomía.

Pintaban en algo colocado en una de las paredes, lo que debía ser un diagrama de nuestro sistema solar.

Reconocí el sol y nueve planetas de diferentes diámetros,
habiendo treinta y siete lunas en total, distribuidas treinta de ellas
entre los cinco últimos planetas y las siete restantes entre el nuestro y
el sol.

Cuando estuvo todo distribuido, simplemente trazó el que
hacía de profesor, que no era otro que el hombre más delgado de los dos
primeros una cruz sobre el segundo planeta a partir del sol.

Luego, el mismo hombre volvió la cara a donde me encontraba y
me dijo en su reconocible voz: --Te acuerdas cuando entrábamos en
nuestro planeta, que preguntaste si era el sol lo que veías y te
contestó uno de nuestros superiores que no pero que sí estábamos
entrando en nuestro planeta por la puerta del sol, o sea por la parte
en que siempre está alumbrando nuestro astro rey? Y a fe mía que no
recordaba aquellas palabras, pues entonces estaba yo tan asustado ante
lo que tenía a mi vista, que no se me grabaron.

Terminado este interrogatorio, desapareció la luz, mis amigos
y todo lo que acababa de ver, y de paso ya no pude conciliar el sueño
hasta el nuevo día.


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MensajeTema: Re: Yo Estuve en Venus   Miér Abr 10, 2013 3:50 pm

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